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“No habrá más gobernador que yo”

El maduro señor estaba inspirado aquella noche. Se había tomado un par de whiskies, y vio en su DVD escenas de la película “Deep throat”, con Linda Lovelace. Esa motivación lo llevó a realizar con su esposa el acto del connubio. La señora, por desgracia, no se hallaba en la misma tesitura emocional, de modo que mientras su marido se afanaba con ímpetu vehemente en el antiguo in and out ella empezó a tratar asuntos que nada tenían que ver con el momento, sino que pertenecían al prosaico ámbito de la cotidianidad.
En vez de decir algo así como: “¡Papacito!”, “¡Negro santo!” o “¡Cochototas!” la mujer se puso a hablar de la crisis económica y la inflación reinante. Dijo: “Ha subido la luz, ha subido el teléfono, ha subido el gas. El azúcar ha subido, lo mismo que la leche, las tortillas y el pan. Todo ha subido”. “No todo -replicó el esposo, mohíno, al tiempo que se quitaba de su sitio y se tendía de espaldas en el lecho-. Acabas de conseguir que algo baje”. (No le entendí).
Fui uno de los que mostraron resistencia a la candidatura de Miguel Riquelme como aspirante a gobernar Coahuila. Fincaba mi postura en el temor, por muchos compartido, de que fuera una figura de paja para continuar la dominación del régimen que la gente ha llamado moreirato.
En varias entrevistas que sostuve con Riquelme él me manifestó que en modo alguno sucedería así. “Si gano la elección -me dijo- no habrá más gobernador que yo”. Debo reconocer que he visto indicios que confirman sus palabras, y me alegra observar que está cumpliendo lo que en repetidas ocasiones declaró a la prensa: que de llegar al puesto que ahora ocupa gobernaría sin influencia de nadie. Se ha dedicado, en efecto, a restañar las heridas que su predecesor causó con su autoritarismo.
Está haciendo honor a lo que prometió: que él gobernaría, y que no tendría más compromiso que con los coahuilenses. Por ejemplo, uno de sus primeros actos fue reunirse con el panista Jorge Zermeño, alcalde electo de Torreón, siendo que el anterior gobernador rompió todo vínculo con alcaldes de la oposición, entre ellos el de Saltillo, a quien llegó a hacer objeto de violentas injurias y amenazas.
Buenas acciones son ahora las que el gobernador Riquelme está llevando a cabo. De ellas derivarán frutos de bien para Coahuila, mi estado natal, que quedó lastimado y dividido por una oscura etapa que, lo estamos viendo ahora, ha quedado definitivamente en el pasado. Aquella joven era tan romántica que se llamaba Isolda.
Una tarde se hallaba con su novio en un farallón frente al océano como los de “The white cliffs of Dover”, la película de la Metro (1944) con Irene Dunne, Roddy McDowall y Van Johnson. Rugía abajo el mar, y se veía en el cielo el misterioso lampo de los rayos. La escena parecía sacada de “Cumbres borrascosas”, el maravilloso film de Samuel Goldwyn (1939) con Merle Oberon, David Niven y Laurence Olivier.
Isolda se emocionó al contemplar el vuelo de las aves sobre la tempestad. Volaban las gaviotas estridentes; volaban los albatros, de vuelo majestuoso en las alturas y ridículo andar sobre la tierra; volaban las aves que en inglés se llaman frigates, de las cuales se dice que hacen el amor en pleno vuelo. Conmovida por el volar de aquellos pájaros marinos Isolda le preguntó a su novio, que -ahora lo sabemos -era Babalucas: “¿Qué harías, Baba, si tuvieras dos alas?”. Respondió él: “Vendería una y me compraría un comedor”.
Homer Milton, oftalmólogo recién establecido, puso sobre la puerta de su consultorio un cartel anunciador en la forma de un gran ojo. Le preguntó a su madre: “¿Qué te parece?”. “Está muy bien -replicó la señora-. Y me alegra que no hayas sido ginecólogo”. FIN.

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