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Noche de bodas

Noche de bodas. El joven Simpliciano tomó por los hombros a su flamante mujercita y le preguntó, solemne: “Dime, Pirulina: ¿eres virgen?”. Respondió ella: “¿Qué ya vas a poner el nacimiento?”. Doña Macalota mostró inquietud porque su esposo don Chinguetas iba a hacer un largo viaje. Le dijo él: “No te preocupes. Volveré cuando menos lo esperes”. Replicó doña Macalota: “Eso es precisamente lo que me preocupa”.

Rosibel, la linda secretaria de don Algón, le pidió un consejo a su compañera de oficina: “Mañana es el cumpleaños del jefe, y quiero enviarle un mensaje de felicitación. ¿Cómo piensas que debo firmar: ‘Suya atentamente’ o ‘Suya cordialmente’?”. Sugirió la otra: “Creo que en tu caso deberías firmar: ‘Suya frecuentemente’”.

Y a todo esto, ¿quién es Andrés Manuel López Obrador? Es, desde luego, el Presidente electo de México. Pero en estrictos términos de ley es hoy por hoy un ciudadano más, lo mismo que tú y yo. Formalmente, mientras no rinda la protesta presidencial en términos de la Constitución, es eso: un mero ciudadano, independientemente de sus 30 millones de votos, de su control sobre las Cámaras y del incuestionable ascendiente que tiene sobre el pueblo. No obstante eso, a pesar de su calidad de simple particular sin facultad legal alguna, AMLO está ya desde ahora no haciendo y deshaciendo, sino deshaciendo y deshaciendo, con un poder mayor que el que tuvieron los Presidentes en la peor época de la dominación del PRI.

La aberrante decisión del tabasqueño de cancelar el aeropuerto de Texcoco, decisión que de ninguna forma fue del pueblo, sino que derivó de su pura voluntad, es ominoso anuncio de un régimen fincado en el poder de un solo hombre. Un gobierno así es por sí mismo antidemocrático, y por lo tanto peligroso. Yo viajo por todas partes del país, y empiezo a notar signos de inquietud no sólo entre los empresarios y representantes del sector privado en general, engañados por las promesas tranquilizadoras -incumplidas al final- de López Obrador y Alfonso Romo, sino también entre la clase media, que teme que el absolutismo populista de AMLO acarree consecuencias parecidas a las que está sufriendo Venezuela.

A quienes me comparten su desasosiego les digo que México es un país muy diferente, con instituciones sólidas, fuerzas armadas leales, y cuya historia nos previene contra los riesgos de caudillismos y maximatos. Además, añado, nuestra vecindad con Estados Unidos es una variable importantísima que influye en modo determinante sobre nuestra realidad. Debo reconocer, empero, que ningún país del mundo está vacunado contra el mal virus populista. Lo muestra el caso de la nación del norte, supuesto baluarte universal de la democracia, ahora en manos de un embaucador cuya figura sería cómica si no se tratara del presidente de la nación más poderosa del planeta.

Prevengámonos entonces contra los riesgos del caudillismo autoritario, del populismo demagógico. Estén alertos los organismos formados por ciudadanos libres, y protesten contra cualquier exceso cometido en el ejercicio del poder. Y mantenga la prensa libre su actitud crítica por encima del constante hostigamiento de quien pretende que sus acciones no estén sujetas al escrutinio público. En las actuales circunstancias sólo una ciudadanía consciente y participativa podrá servir de freno y contrapeso a un poder que desde ahora se anuncia ya como absoluto.

Un tipo le dijo a su mejor amigo: “Me pasa algo muy raro. Puedo hacer el amor con todas las mujeres, menos con la mía”. Declaró el otro: “A mí me sucede todo lo contrario. No puedo hacer el amor con ninguna mujer, sólo con la tuya”. FIN.

Catón

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