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Nosotros los pobres

La novia de Impericio le confió a su mejor amiga: “No quiero hacer el amor con mi novio. He oído decir que en cada contacto sexual se trasmite un promedio de un millón de gérmenes nocivos”. “Hazlo sin cuidado -le aconsejó la amiga-. El contacto sexual con Impericio está muy por abajo del promedio”. Babalucas se prendó de una linda muchacha llamada Susiflor. Un compañero de oficina le preguntó: “¿Ya le pediste que sea tu novia?”. Dijo Babalucas: “Sí. Anoche le declaré mi amor”. El amigo quiso saber: “Y ¿qué te contestó ella?”. Respondió el tontiloco: “No me dijo ni sí ni no”. El otro quedó intrigado: “Entonces ¿qué te dijo?”. Contestó Babalucas: “Me dijo: ‘Estás pendejo’”. Don Cálamo Cano, señor de mucha edad, fue a la consulta del doctor Ken Hosanna. Lo acompañó su hija. “Doctor -se quejó el provecto paciente-, cada vez que le doy un trago a mi café siento como un piquete en el ojo”. La muchacha le dijo en voz baja al facultativo: “No le haga caso. Lo que sucede es que no saca la cuchara de la taza”. En el poco tiempo que ha estado en el poder -en el ilimitado poder- López Obrador ha dividido a México en “Nosotros los pobres” y “Ustedes los ricos”. Ha acuñado varios adjetivos denostosos para afrentar a quienes no pertenecen al pueblo bueno y sabio, vale decir a su feligresía. Todo aquel que se le opone es fifí; quienes critican sus acciones son pirrurris; a los que buscan prevenirse contra sus excesos en el ejercicio del gobierno los llama ternuritas. Acusa a sus adversarios de conservadurismo, él, que es absolutamente conservador en temas tales como los derechos de la mujer o de las personas homosexuales. La polarización que causa AMLO con sus expresiones no es positiva para el país. Ya lo dice el sabio Salomón en Proverbios 11-29: “El que turba su casa heredará el viento”. Unir, no provocar divisiones, es tarea de gobernante bueno. Esperemos que López Obrador lo sea. Sabrosa gala de la cocina mexicana antigua era el jocoque. Su nombre, desconocido por las generaciones nuevas, proviene del náhuatl “xococ”, que significa cosa agria. Nuestras abuelas lo hacían dejando toda la noche junto al fogón un jarrito de barro con leche de vaca -no de pasteurizadora-, la cual amanecía convertida en el rico manjar. De ahí el dicho aplicado a los políticos que hacían fortuna rápida, “como el jocoque, de la noche a la mañana”. Por fortuna es posible todavía hallar jocoque. El mejor que he probado es el de La Josefina, tradicional restorán en el camino entre Saltillo y General Cepeda, cabecera que fue del marquesado de San Miguel de Aguayo, regido por mujeres (“En casa de San Miguel el marqués es ella, la marquesa él”). Otro excelente jocoque es el de “La Lupita”, en Magdalena, Jalisco, donde se encuentran piedras que no sé por qué llaman “semipreciosas”, siendo que en verdad son preciosísimas. Todo esto viene a cuento para recordar el día en que don Poseidón, granjero acomodado, fue a la ciudad a visitar a su hija en la universidad donde estudiaba. Entró en la cafetería del campus y le preguntó al mesero si tenían jocoque. “Señor -le respondió muy digno el camarero-, estamos en la universidad. Aquí hay solamente bacilos cultivados”. Himenia Camafría y Celiberia Sinvarón, maduras señoritas solteras, fueron al zoológico. Se detuvieron frente al lugar donde el gorila estaba. El simio se les quedó mirando fijamente. De pronto saltó el foso que lo separaba de la gente; tomó en sus membrudos brazos a la señorita Himenia, volvió a saltar y se metió en la cueva con su presa. La señorita Celiberia le gritó exaltada: “Bestia salvaje! ¡Estúpido animal! ¿Qué tiene ella que no tenga yo?”. FIN

Catón

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