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Nosotros los pobres

La carta que López Obrador envió el rey de España es una solemnísima gansada. No sólo atentó contra los más elementales principios de la diplomacia: también faltó al buen sentido y al rigor en el tratamiento de la historia. Ese mayúsculo dislate no habría tenido lugar si AMLO y quien influyó sobre él para que incurriera en tan grande sinrazón hubiesen conocido la sabia y sabida sentencia según la cual las violencias que en la Conquista y la Colonia hubo “crímenes fueron del tiempo y no de España”. Así lo hizo notar la bien ponderada -aunque enérgica- respuesta que el soberano español dio a la ríspida misiva del presidente mexicano. En efecto, cae en anacronismo absurdo quien juzga una época a la luz de las ideas y conceptos de otra. Tal yerro cometió López Obrador. Si se aplicara a sí mismo el criterio que pretende emplear tendría que disculparse con España por la sangrienta masacre de hombres, mujeres y niños españoles que los insurgentes hicieron en la alhóndiga de Granaditas, o por la terrible matanza de peninsulares en la barranca de Oblatos, en Guadalajara, que Hidalgo permitió. Crímenes fueron también ésos del tiempo, y no de México. Por otra parte es una absoluta falsedad la afirmación de que en nuestro país los españoles no son queridos, y aun odiados. Basta recordar la forma en que los republicanos en el exilio fueron recibidos aquí, y la valiosísima aportación que en todos los campos de la cultura y el trabajo hicieron los refugiados y siguen haciendo sus descendientes. Aquí pongo un recuerdo agradecido a ilustres maestros míos españoles como Luis Recasens Siches, Mariano Jiménez Huerta y Rafael Sánchez de Ocaña, por citar sólo a tres de ellos. La inmensa mayoría de los mexicanos tenemos doble origen: el de nuestros ancestros aborígenes y el de nuestros antepasados españoles. A ambas raíces debemos honrar por igual. Somos una de esas “ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda” a las que cantó Darío. Hablamos español y nos nutrimos primordialmente en la cultura y tradiciones de aquella a la que hemos llamado Madre Patria. Nuestra relación con España, ya no filial sino fraterna, se ha visto turbada momentáneamente por el innecesario exabrupto de López Obrador, quien en vez de procurar la concordia y buena voluntad en vísperas de la recordación del quinto centenario de la Conquista llamó al desencuentro y a la hostilidad. Más y mejores cosas se habrían obtenido si en lugar de presentar una arrogante demanda se hubiesen buscado acuerdos para que las dos naciones llegaran juntas y en armonía a la conmemoración de ese suceso. Pregunto: cuando López Obrador se reunió hace unos días con el yerno de Trump ¿le pidió que se disculpara por la injusta guerra mediante la cual su país nos arrebató más de la mitad de nuestro territorio? ¿Le reclamó que sus ancestros hayan exterminado a los pueblo aborígenes, a diferencia de lo que hicieron los españoles, que se fundieron con los indígenas para dar origen al rico mestizaje del que los mexicanos somos fruto? Fiel a su estilo pugnaz y a su personalidad beligerante AMLO revive enconos ya olvidados que de seguro recogerán sus feligreses, como ésos que cada 12 de octubre pintarrajean el pedestal de la estatua de Colón y bailan danzas apócrifas ante ella en venganza contra el Almirante por haber descubierto, con patrocinio de España, las tierras que habitamos hoy. Ojalá el buen juicio y prudencia de nuestros diplomáticos y los españoles corrijan cualquier nocivo efecto que pudiera tener esta nueva ocurrencia de López Obrador. Ojalá su desatentada petición quede sólo en vergonzante anécdota. Lo sucedido es culpa suya, no de México ni de los mexicanos. FIN.

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