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Oportunismo electorero

Corren como reguero de pólvora rumores sobre brincos chapulineros de políticos que irán de un partido a otro; ante el inminente inicio del proceso para renovar ayuntamientos en Hidalgo, se hacen cálculos sobre los quiénes y cómos se darán los abandonos de partidos y las afiliaciones a otras organizaciones.
Que si fulanito será independiente, o que perenganito ya recibió la invitación de morenos, azules, verdes, colorados, amarillos o turquesas para ingresar a sus filas con una candidatura en la bolsa y márgenes de acción suficientes para ganar tal o cual ayuntamiento.
Que si este o aquel trae padrinos o socios, o compromisos lo suficientemente grandes para salir premiado con una candidatura después de un “proceso transparente de selección partidista”, o que si aquel o aquella le sabe demasiado a quien decide que no necesita nada más para negociar y alcanzar el premio mayor.
Se especula sobre si le alcanzará al partido del presidente para repetir el triunfo del 2018, que si ganarán 70 o más ayuntamientos, o si el desgaste en el poder y la frustración de no poder ni ponerse de acuerdo será suficiente, también, para revivir al priismo hidalguense que dará la pelea para no desaparecer de la geografía estatal y, a golpe de alianzas y de reforzar su maquinaria, recobrar hegemonía.
Persiste la duda sobre qué pasará con un perredismo agonizante, si volverá a las alianzas con el PAN, si el PT ahora sí se irá o buscará cobijo, otra vez, con Morena, para mantenerse en el presupuesto.
¿Los partidos de nuevo cuño? ¿Podemos y Más por Hidalgo podrán sobrevivir o se revelarán como membretes incapaces de sostenerse en una auténtica disputa electoral? Elucubraciones, suposiciones, rumores, chismes y apuestas que irán avanzando conforme se acerca noviembre y el panorama empieza a aclararse.
Dentro de todo ello se inscriben informaciones que hablan de trásfugas partidistas, de salidas en bloques, de un partido a otro, de compras de voluntades, de traiciones y conveniencias, todo en pro de fortalecerse o debilitar al enemigo. Pero lo cierto es que la experiencia electoral en Hidalgo nos enseña con claridad que, aunque los partidos pesan en estos procesos, las personas, los candidatos, son quienes usualmente definen estas elecciones, sobre todo cuando la participación ciudadana es alta. Les podré dos ejemplos:
A la salida de Alberto Meléndez como alcalde de Pachuca, la gente estaba desencantada de ese trienio –no habíamos padecido a Eleazar García—, todos los partidos postularon a candidatos de bajo perfil, salvo el PRI, que hizo candidato al hoy gobernador Omar Fayad. La votación fue tan baja, apenas rebasando el treinta por ciento del padrón, que el solo voto duro dio al candidato tricolor un triunfo arrollador.
A la salida de Fayad Meneses, cuando gobernaba a nivel Federal el PAN y postulaba como candidato Daniel Ludlow, quien apenas terminaba su mandato como diputado federal y apostaba a que ganar Pachuca le daría la candidatura blanquiazul a la gubernatura, el PRI postuló a Francisco Olvera –a la postre también gobernador— pensando en que sería la mejor opción, y la capital de Hidalgo vivió una campaña intensa, donde los sondeos daban al PRI 40 puntos porcentuales y al candidato Olvera 46. Al final el candidato rebasó a su propio partido y logró el apoyo ciudadano, así como una victoria con más de 20 puntos de ventaja sobre un adversario y un partido que lucían invencibles.
Ese es el punto de las elecciones municipales, los votos duros dan un piso, pero la gestión municipal es tan sensible, es tan cercana a los ciudadanos que estos suelen ser más cuidadosos a la hora de evaluar y ponderar su voto; no bastará el posicionamiento de los partidos, el desgaste de Morena y AMLO en el ejercicio de gubernamental o el desempeño del gobernador o los alcaldes para inclinar el voto a favor o en contra de algún partido. Será el nombre de los ciudadanos, su historia, su apego, su posicionamiento, incluso su historia personal, lo que definirá en mucho el que reciban el respaldo o el rechazo de la ciudadanía.
Como en ninguna otra elección, el capital político y ciudadano, literalmente, deben pesar a la hora de elegir abanderados; la promesa de postular a los mejores perfiles debe ser, hoy más que nunca, la auténtica divisa de los partidos, porque de otro modo lo que pasará es que el estigma de la traición podría manchar o frenar a cualquier candidato, a menos que el trásfuga logre vestirse de mártir de la democracia local y que su cambio de camiseta sea por el bien común.
Así es como podemos redimir el oportunismo político, la búsqueda de perfiles que garanticen votos, triunfos y poder, con el riesgo también, de que los saltimbanquis sean mal vistos en los partidos donde llegan, con la consecuencia de que las estructuras de los partidos de marras se nieguen a trabajar en favor de sus candidatos, por verlos y sentirlos ajenos.
Se acrecienta la rumorología, las amenazas, la búsqueda de recovecos para alcanzar notoriedad y las anheladas candidaturas o, al menos, una fórmula de ganar, aun perdiendo; al cabo estamos hablando de políticos, de egos, intereses y ambiciones, que ninguno es apóstol, héroe o desinteresado mártir de las democracias.

DE LOS ESCRITOS DEL FILOSO FITO
La corrección política es el auténtico problema axiológico de nuestra época: relativizamos todo, suavizamos los términos para no decir las cosas como son, para no ofender con la verbalización, pero manteniendo la discriminación, la opresión, la miseria, los esquemas de violencia y de explotación.
En México vivimos un racismo y un clasismo que ofende, que lacera y que perpetuamos día a día; cambiar la terminología de racismo a pigmentocracia es una estupidez surgida de esa imbécil cultura de lo políticamente correcto.
A los hombres y mujeres de raza negra –afromexicanos dirán los hijos de la corrección política— y a los indios, como a la mayoría de los mestizos morenos, se les sigue menospreciando, relegando, humillando y explotando, y no es po la pigmentación sino por raza, y eso es racismo, no más, no menos.

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