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Pedir perdón

En 1970, Erich Segal publicó Love Story, novela que se convirtió en una película de avasallante éxito. Los adolescentes de la época buscamos en esa historia los tips de supervivencia emocional que generaciones más cultas encontraron en los Remedios de amor, de Ovidio, y memorizamos una frase de autoayuda: “El amor es nunca tener que pedir perdón”. Segal sugería que la pasión genuina es refractaria a los errores y evita aclaraciones.
La idea del perdón ha atravesado las eras hasta llegar al tiempo de las redes sociales, donde el arrepentimiento tal vez existe pero jamás se convierte en trending topic.
En un momento poco inclinado a la reflexión moral, el gobierno de López Obrador decidió hacer un uso social del perdón. De manera encomiable, pidió disculpas a los familiares de los estudiantes desaparecidos de la Normal de Ayotzinapa y a la escritora y activista Lydia Cacho por los abusos sufridos ante un Estado incapaz de impartir justicia.
Es significativo que un gobierno reconozca errores en el ámbito de su competencia. Aunque el vacío legal haya ocurrido antes, pedir perdón anuncia que eso no volverá a ocurrir. Disculparse compromete.
Sin embargo, cuando se solicita que otro país se arrepienta, la situación cambia. La Conquista fue una empresa del despojo y de la sangre que sometió a los pueblos originarios. Desde hace doscientos años, el México independiente continúa ese expolio. Para encubrirlo, el discurso oficial le endosa la factura a la Conquista: México es injusto porque Cortés se llevó el oro y dos siglos no bastan para reponerse. De acuerdo con esta versión, fuimos mexicanos en esplendor, luego nos sojuzgaron y finalmente volvimos a ser mexicanos. La mezcla que define lo que somos parece no haber existido.
El Concejo Indígena de Gobierno, el EZLN, el Encuentro en Defensa del Territorio y otros frentes han criticado a López Obrador por oponerse a las comunidades indígenas al promover proyectos desarrollistas como el Tren Maya, el Corredor Comercial del Istmo de Tehuantepec y la termoeléctrica de Morelos (a la que el propio López Obrador se opuso en su campaña). ¿Tiene sentido que un mandatario ajeno a los pueblos originarios pretenda hablar en nombre de ellos ante el Papa y el rey de España?
Poco después del levantamiento del EZLN, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari anunció el hallazgo de la tumba de la Reina Roja en Palenque. Aunque se trataba de una noticia de relevancia, fue presentada con excesivo despliegue, como si el destino de la patria dependiera de ella, sugiriendo que los verdaderos indios están en los museos y los sitios arqueológicos, no haciendo incómodas rebeliones.
Algo parecido sucede ahora: se soslaya a los indígenas del presente y se pide a otros países que se disculpen ante ellos. En esa lógica, también habría que pedirles a los mexicas que se disculparan ante los pueblos que agredieron. En la Relación de Michoacán, escrita en 1540, un canzonzi purépecha comenta: “Son muy astutos los mexicanos en hablar y son muy arteros a la verdad […] Como no han podido conquistar algunos pueblos quiérense vengar en nosotros y llevarnos por traición a matar y nos quieren destruir”. Y en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, concluida en 1575, el cacique gordo de Cempoala cuenta cómo los recaudadores de Moctezuma secuestran a veinte indias e indios totonacos para sacrificarlos a Huitzilopochtli. Por su parte, purépechas y totonacas habían desplazado a poblaciones previas. Extender la cadena del perdón hasta el primer ultraje parece ocioso.
Mi admirada amiga Jesusa Rodríguez dijo en el Senado que comer tortillas con carnitas alude a la caída de Tenochtitlan, pues el cerdo llegó de España. Tiene razón. Sin embargo, no creo que debamos sustituir al cerdo por algún pariente, emulando así a las culturas prehispánicas que practicaban la antropofagia sagrada. Estamos hechos de mezcla. Somos tacos campechanos. No tenemos una sino muchas identidades.
A casi medio siglo de Love Story es obvio que Segal daba malos consejos. La pasión se equivoca y requiere de enmienda. Más compleja, la realidad social no se contenta con palabras.
Los pueblos originarios padecen el oprobio. Pedirles perdón no basta. Sólo cuando tengamos una nación de naciones, donde ninguna cultura someta a las demás, mereceremos vernos a la cara.

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