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Pepito tenía 3 añitos

Pepito tenía 3 añitos, y un día se observó su pipicita. Le preguntó a su mamá: “¿Esto es mi cerebro?”. Respondió la señora: “Todavía no”. Narciciano era un hombre vanidoso, pagado de sí mismo, presuntuoso, fatuo, alabancioso, petulante, orgulloso y fanfarrón. Estuvo con Florilí en el cuarto 110 del Motel Kamagua, y al terminar el consabido trance le hizo una pregunta: “¿Te gustó?”. Contestó ella lo que en automático responden todas las mujeres cuando el inseguro varón les pregunta eso: “Sí”. Narciciano la amonestó, severo: “¿Y qué dice en estos casos una niña bien educada?”. (¡El majadero quería que la muchacha le diera las gracias! ¡Habrase visto mayor necio!)… Don Mercuriano, comerciante, tenía ya 97 años de edad, y se enteró de que su nieto Pitorro iba a viajar a cierto país de Oriente. Le preguntó: “¿A qué diablos vas tan lejos?”. Explicó el muchacho: “En ese país puede uno comprarse una odalisca por 50 dólares. Voy a traerme una”. “¡Tráeme otra a mí!” pidió con ansiedad don Mercuriano-. “Pero, abuelo -sonrió Pitorro-. A su edad ¿para qué quiere usted una odalisca?”. Declaró el veterano comerciante: “¡Pa’ revenderla, pendejo!”. En la merienda de los jueves manifestó doña Chalina: “Todos los hombres son iguales”. “No es así objetó doña Facilda-. Yo he conocido muchos, y puedo asegurarles que unos tiene la igualdad más grande que otros”. Don Sufricio, el oprimido esposo de doña Gorgona, advirtió que su mujer se había domido bocabajo, de modo que a la vista y sin protección alguna estaba su inmensurable nalgatorio. Tomó la tabla de planchar y con ella le dio un sonoro golpe a su mujer en la antedicha parte. Así se cobraba los desprecios, ofensas y maltratos de que ella lo había hecho víctima a lo largo -y ancho- de 25 años de matrimonio. Al sentir el tablazo doña Gorgona lanzó un tremendo ululato de dolor. Vio a su marido todavía con el cuerpo del delito en la mano y se lanzó hacia él con ánimo vindicativo. Pero si algo había aprendido don Sufricio era a ponerse a salvo de las iras de su cónyuge, de modo que salió a toda carrera de la casa. La señora puso una denuncia por lesiones en contra de su esposo, ya que las pompas le habían quedado coloradas, según mostró a la autoridad. Bien pronto la policía detuvo a don Sufricio y lo puso a disposición del juez de lo familiar. El juzgador reprendió al acusado: “Hizo usted muy mal en pegarle a su mujer con esa tabla. Pudo haber roto la tabla. Además existe el agravante de que la golpeó estando ella dormida. Pagará una multa de mil pesos”. “Señor juez -dijo don Sufricio-, le doy 2 mil si se atreve usted a pegarle estando ella despierta”. (Repruebo terminantemente el maltrato que don Sufricio infl igió a su mujer. En todo caso sepárese de ella. Unos mil kilómetros). Don Leovigildo Patané perdió su empleo con motivo de las medidas arancelarias puestas en vigor por Trump. Se llenó de angustia, pues junto con su esposa vivía de su sueldo, y ya no lo iba a percibir. La señora lo tranquilizó: “No te preocupes. Yo trabajaré para mantenernos”. “¿Y en qué trabajarás? -le preguntó don Leovigildo-. Lo único que sabes hacer es ya sabes qué”. “Eso precisamente haré -declaró ella-. Saldré a la calle a ofrecerme a la lascivia de los hombres. Todavía tengo pedacitos buenos”. Al principio don Leovigildo puso reparos a ese plan, pero la situación era tan grave que accedió por fi n a que su esposa lo pusiera en práctica. Salió ella, en efecto, aquella noche. Regresó en horas de la madrugada hecha polvo. Traía mil 100 pesos. Le preguntó don Leovigildo: “Esos 100 pesos ¿fueron de propina?”. Respondió ella, exhausta: “No. Fue lo que me pagó cada uno de los 11 clientes”. FIN.

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