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Primer debate

Del primer debate entre candidatos presidenciales (1994), si algún recuerdo queda es la contundencia con la que Diego Fernández de Cevallos ganó desde el primer round y así se granjeó la mayoritaria aprobación de los televidentes. En 2000 una queja del candidato del PRI, por agresiones verbales del candidato panista, fue aprovechada por éste para responder con duras palabras y ganar el debate; del segundo debate de aquel año nadie se acuerda, al igual que del realizado en 2006. En 2012 lo recordable fue el vaporoso vestido blanco de la edecán.

La influencia de los debates en la decisión de voto del electorado ha sido motivo de investigaciones y discusiones desde que en 1960 Richard Nixon y John F. Kennedy protagonizaron el primero transmitido en vivo por la TV y que a decir de la prensa del día siguiente ganó el demócrata. Desde entonces el postdebate es tan importante, o más, que lo ocurrido en los minutos que a cuadro usa cada candidato.

Nadie sabe a ciencia cierta si fue el debate y su resultado lo que llevó a Kennedy a la Casa Blanca, o lo decisivo fueron los mapaches electorales que en Massachusetts, supuestamente, embarazaron las urnas y alteraron actas, según denunció Nixon. Como es usual en otras latitudes, de 1994 a 2006, en México, el formato y conductores de los debates fueron decididos por negociadores de los candidatos presidenciales, con el respaldo técnico de la CIRT y la mínima intervención del IFE.

En ese entonces no había más restricción para realizar y difundir encuentros, o encontronazos, de ese tipo, que el interés de los concesionarios privados de la TV o la radio y la disposición de los candidatos de acudir, pero no hubo ni uno ni lo otro. Con la reforma electoral de 2014 el INE asumió la ingrata tarea no solo de hacer posible la transmisión de los debates, sino de meter su cuchara en el formato y la decisión sobre los conductores, facultades que estrena este año. Las consecuencias están a la vista. Apenas ayer el Consejo General del INE aprobó el acuerdo para regular el formato y aprobar los conductores del debate del próximo domingo.

El inesperado ingreso de Jaime Rodríguez a la contienda vino a desajustar lo previamente acordado y obligó a nuevas discusiones y confrontaciones. Uno de los conductores, Sergio Sarmiento, fue vetado por el representante de El Bronco, con el argumento de que había escrito y opinado contra su candidato. El veto no prosperó y Denise Maerker, Azucena Uresti y Sarmiento serán los conductores. No cabe esperar mucho del primer debate de este año.

El número de candidatos, 5, más el de conductores, 3, no augura un encuentro ágil, mucho menos entretenido y en la TV si no hay eso lo que hay es bostezo, durante casi dos horas, que quizá será interrumpido por las previsibles agresiones de El Bronco en contra de López Obrador o la expectativa de que en algún momento Margarita Zavala logre poner en entredicho a Ricardo Anaya; el plato de la venganza, además de frío, en la pantalla chica es más sabroso. Al número de participantes hay que agregar reglas innecesariamente complicadas, que pueden provocar tropiezos de los conductores y reclamos de los candidatos; buscando frescura y agilidad, lo que hicieron los consejeros del INE fue complicar lo que por su naturaleza debería ser sencillo.

Rondas de intervenciones, con turnos alternados, es lo usual, aquí y en China. Coincido con lo dicho por Diego Fernández de Cevallos: “No es posible un torneo de ajedrez o de esgrima, o un buen debate político televisado, con más de dos competidores”, Revista R (15/04/18). Lo peor es que un primer debate aburrido se traducirá en desinterés del público en los dos siguientes. Queda la esperanza de ver algún postdebate entretenido, pero dudo que sean muchos los que aguanten seguir viendo la tele. Quizá, como en otros terrenos, esta nueva experiencia habrá de servir para que, dentro de 6 años, otros busquen la cuadratura al círculo, que sola la tendrá cuando se acepte que el tango del debate político, para ser vistoso, se baila entre dos.

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