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Recuerdos de la Hijas de Allende

El final de la década de los años cincuenta del siglo pasado se caracterizó por ser la etapa en que Pachuca y en general el estado de Hidalgo iniciaron el cambio que ya todo México había experimentado, el paso de ser una sociedad agraria para convertirse en urbana e industrial, periodo en el que las ciudades empezaron a recibir a miles de habitantes del sector rural y los pequeños pueblos se transformaron en verdaderas urbes. Nosotros, en el Colegio Hijas de Allende, fuimos testigos de ese fenómeno que modificó de raíz a nuestra pequeña ciudad, que de pronto se empezó a llenar de automóviles.
Entre las cosas que vivió mi generación en aquellos años, recuerdo los sustanciales cambios en el diseño de los vehículos, ese que sorprendió a propios y extraños con el surgimiento de la llamada línea aerodinámica, palabra que definía muchos de los adelantos que nos pasmaron como habitantes de un Pachuca que aún se resistía a los cambios y transformaciones que se operaban ya en el mundo de entonces.


Cómo olvidar la cara de Memo De la Cajiga aquel día en que, al salir de la escuela, vimos circular por la calle de Fernando Soto un lujoso y modernista automóvil Dodge Coronet blanco con franjas rojas, cuyas elevadas luces traseras –que no sé por qué se les llama calaveras– se elevaban, dando la impresión de ser una especie de alas plegadas, y no se diga del frente, donde la parrilla y la fascia se unían de manera imperceptible y concluían alojando dos faros por cada lado en la parte superior, todo ello terminado en un enorme parabrisas de una sola pieza. Era aquel vehículo el mejor remedo de una nave espacial, de las que ilustraban las historietas de moda de esos años.
Pero mayor fue su sorpresa cuando se percató que el automóvil se detenía frente su casa y de él bajaba su papá, que era quien lo había adquirido. Por algunos años ese automóvil fue el símbolo de nuestra barriada, hasta que don Guillermo Peredo –padre de otro miembro de nuestra palomilla– introdujo en ella otro automóvil de diseño fantástico, un Chevrolet Impala, modelo 1960.
Fueron aquellos años una etapa de sueños y fantasías infantiles que nos hizo volar a sitios distantes, lo mismo en el tiempo que en el espacio, o bien, construir mundos alternos a nuestra realidad, inspirados en las historietas que trastocaban nuestra ancestral cultura, un tanto aldeana y un mucho pueril. Cómo recuerdo las clases de la maestra Clara Conde en quinto año de primaria, al impartir las lecciones de geografía o historia, en las que nos hacía examinar fotografías y grabados de lejanas ciudades como Madrid o París, Nueva York o Buenos Aires, que permitían imaginarnos deambular por aquellos suburbios, o bien, cuando describía pasajes históricos como las muertes de Julio César o Sócrates, el encuentro de Hernán Cortés con Moctezuma, el inicio de la guerra de Independencia y otros en los que la imaginación nos colocaba como espectadores de tales sucesos, y qué decir de los concursos de lectura de comprensión que tanto nos ayudaron a saber cómo estudiar. Recuerdos de aquel Pachuca, que despertaba más temprano para recibir en sus mercados a decenas de vendedores que se apropiaban de calles y plazas aledañas; en el Primero de Mayo se invadía la calle de Patoni y la plazuela de Lerdo; en el Benito Juárez (hoy Miguel Hidalgo) se ocupaba la llamada plazuela de la Cuchilla otrora jardín Carrillo Puerto, en tanto que en el de Barreteros se ampliaban a las calles de Nicolás Flores y Nicolás Romero.
Como habitantes de la primera de Cuauhtémoc, correspondió a nuestros mayores acudir al mercado de Barreteros, al que nosotros mismos acudimos muchas veces cuando algo habían olvidado en la temprana compra del mandado. Recuerdo muy bien las dos calles invadidas por puestos semifijos, techados unas veces con tejamaniles o maderas viejas, o bien, con pesadas lonas de hule y tela; los pisos terrosos y sinuosos, que en época de lluvia se convertían en verdaderos lodazales. Abundaban allí puestos de frutas y legumbres, aunque no faltaban quienes expendían quesos frescos y carne de cecina o tasajo, así como los comerciantes de juguetes, soldaditos de plomo, trompos, canicas y otras chucherías que eran nuestra delicia.
Cientos de veces en la salida intermedia de la escuela, a las 12 de día, tuve que acudir a regañadientes a comprar diez centavos de un olvidado perejil, al que llegué a odiar en virtud de que, por su culpa, tenía que reducir mi tiempo de juego en las tres horas que teníamos antes de regresar por la tarde para concluir la jornada escolar; el vendedor de esta hierbita un tanto inútil era un peculiar comerciante de ese mercado al que llamaban el viejo enojón, un hombretón de uno ochenta de estatura, cuya edad oscilaba entre los sesenta y los setenta años, ataviado invariablemente con un pantalón de mezclilla con peto y tirantes, cuyo gesto adusto se enmarcaba por tupidas cejas entrecanas y un rictus de disgusto permanente. Pues imagínese, lector: con él me enviaban a comparar unas ramitas de perejil.
Así, entre sueños que nos llevaban a otros mundos y mandados a este otro, el de nuestra entonces realidad, transcurrieron los días de aquel Pachuca que gestaba el crecimiento de esta, la ciudad en la que vivimos hoy.

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