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Recuerdos de las Hijas de Allende

Para los alumnos del Colegio Hijas de Allende, de mediados del siglo pasado, la vida se disfrutaba en Pachuca de manera más tranquila y pausada, lo que mucho coadyuvaba a que aquellos días parecieran más largos, aunque nunca monótonos. La cercanía de mercados, cines, templos y, desde luego, de los centros de trabajo, propiciaba que cualquier recorrido se realizara regularmente a pie, disfrutando de las estrechas y retorcidas callejas de la mancha urbana, lo que mucho contribuía al cultivo de una buena salud, sobre todo para quienes se veían en la necesidad de ascender y descender por los empinados callejones tendidos en las faldas de las montañas que circundan a Pachuca.
Para los alumnos de aquel plantel, ataviados de blanco y azul claro, las mujeres con blusa y falda tableada, y los hombres con pantalón largo, camisa de manga corta y chaleco de estambre azul, en el que se colocaba el escudo triangular con la sigla CHA, recorrer las arterias de la ciudad era un verdadero rito escolar, en el que figuraban como vías de culto la avenida Juárez y las calles de Manuel Fernando Soto, Cuauhtémoc y Cayetano Gómez Pérez, rutas a través de las cuales muchos desandaban el camino para abordar, por un lado, las de Guerrero, Matamoros o Xicoténcatl, y por el otro, las de Moctezuma, Trigueros y Mariano Abasolo, sin descontar las de José María Iglesias y José María Lafragua, que también eran paso obligado para quienes procedían de la colonia Morelos. Cómo dejar de lado en estos recuerdos, las tardes de los viernes, cuando tan pronto como sonaba la campana a las cinco de la tarde, indicando el fin de las labores, salíamos de manera apresurada tras recoger libros y útiles escolares apretujados en el interior de la mochila y como si se tratara de una carrera atlética, salíamos disparados recorriendo en tropel, patios y escaleras. Al llegar a la última puerta, la que conducía a la avenida Juárez, reducíamos la velocidad, tan solo para despedirnos de la Mis –nombre proveniente del idioma inglés (señorita) que dábamos a las maestras– que tenían encomendada la puerta de salida; pero al estar ya en la calle, había familiar que hubiese acudido por nosotros, reemprendíamos la carrera que concluía en nuestro cercano hogar.
En menos que canta un gallo, como dice el refrán popular, nos despojábamos del uniforme y los zapatos de escuela –los que debíamos cuidar escrupulosamente–, ataviados ya con los pantalones de faena, casi siempre de mezclilla, porque debo decir, amable lector, que tal género textil era entonces considerado como tela de segunda, si no es que de tercera categoría, en el vestido, y tras dejar debidamente guardado uniforme y calzado escolar, este último sustituido por zapatos tenis de lona y suela plástica, salíamos a la calle, donde la palomilla se juntaba rápidamente. Yo vivía en la primera de Cuauhtémoc, donde los hijos de las familias De la Cajiga Elías, Peredo Pratt, Arista Ruiz, Sepúlveda Fayad, Paredes Vázquez, y otras que se me olvidan, integrábamos una buena parvada de intrépidos mozalbetes. Algunas veces cuando se nos unían las muchachas, cosa realmente excepcional, jugábamos bote pateado, rondas infantiles u otros juegos parecidos. Mas cuando éramos solo varones, la actividad más socorrida era la variedad futbolística denominada “el que mete gol para”, aunque también podía intentarse jugar béisbol con alguna variedad y reglas muy especiales.
Todo esto podía hacerse gracias a que la calle de Cuauhtémoc era amplia y los vecinos no dejaban sus automóviles estacionados en las aceras, como hoy sucede; a ello, además, el paso de vehículos era realmente esporádico y podíamos disponer del arroyo a nuestras anchas. Los juegos terminaban hacia las siete o siete y media de la noche, aunque en esos días era común que alguien del grupo invitara la merienda en su casa y entonces la tertulia se prolongaba hasta las nueve o diez de la noche.
Era aquel un Pachuca realmente apacible, una ciudad en la que casi todas las familias se conocían, una población en la que los policías eran verdaderamente gendarmes de crucero, que vigilaban los vecindarios y se hacían amigos entre todos los habitantes de la barriada, que inclusive participaban en los juegos callejeros, previniéndonos del paso de vehículos, que a una señal suya disminuían o detenían su marcha.
El sábado transcurría de igual manera ajetreado, pero permitía también que, cuidados por los hermanos mayores, la palomilla fuera al parque Hidalgo a fin de andar en bicicleta, unos con la propia, otros más alquilando una en el local que se ubicaba junto a la fuente de sodas. Los viajes en aquellos vehículos estaban impregnados de toda fantasía infantil, imaginábamos viajar por largas carreteras, recorrer países remotos y hasta participar en carreras como la Panamericana que entonces estaba de moda, pero en realidad aquellas andanzas nos hacían sentir libres y acariciar la idea de ser hombres, sin salir de los andadores del parque Hidalgo.
El domingo era un día aburridamente familiar, pero sobre todo previo al regreso, el lunes, a la escuela, a ese venerable edificio donde transcurrieron los seis más largos y extraordinarios años de mi vida, el Colegio Hijas de Allende.

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