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Suave Patria

Este hombre está en su lecho de agonía. Le quedan dos días de vida. Los médicos le han diagnosticado un mal de uremia que lo llevará a la tumba. El enfermo no agoniza en su casa: morirá en un cuarto de hotel. Su rostro, cetrino y afilado por el dolor, es seguro presagio de la muerte. Miremos ahora a este otro hombre que ha llegado a verlo. Es su amigo. Se conocen de hace tiempo; su amistad es profunda. Aun así se hablan de usted conforme al uso de la época. El enfermo sonríe levemente al ver al recién llegado. Pregunta éste: “¿Cómo se encuentra hoy?”. El semblante del otro se ensombrece. “Me siento triste hasta la muerte” -responde haciendo eco a la frase de Jesús. El visitante le habla: “Amigo mío: tome usted el ejemplo de San Dimas, el buen ladrón. Le habló a Cristo de cruz a cruz. Así, Él no pudo dejar de oírlo. Usted está ahora crucificado en el dolor, en las angustias de la muerte. Desde su cruz llame al Crucificado. Aunque invisible, se encuentra junto a usted. Háblele de cruz a cruz, y verá como Él le contesta”. Se conmueve el agonizante: “¡Qué palabras tan bellas me dice usted!”. Quien las dijo recordaría después: “El fondo de cristianismo existente siempre en su alma se removió entonces”. Le pregunta: “¿No quiere usted confesarse?”. Responde con voz débil el enfermo: “¡Hace tanto tiempo!”. No insiste el amigo, por delicadeza. Pero después de un rato de silencio el enfermo le pide repentinamente: “Tráigame un sacerdote, por favor”. Sale de prisa el visitante y se dirige a la parroquia más cercana. Es de jesuitas. Ahí encuentra al sacerdote Carlos Benítez. “Le ruego, padre, que lleve los últimos auxilios a un agonizante”. Le dice dónde lo hallará, y añade: “Me adelantaré para disponer lo necesario. Ahí lo espero”. Pronto llega el sacerdote. Ante la puerta del cuarto del enfermo se ha congregado un grupo de hombres. Todos son librepensadores. Miran con hostilidad al jesuita, que viste su sotana, y murmuran por lo bajo. ¿Qué hace ahí un cura? Uno de ellos habla en nombre de todos. Le dice con aspereza al sacerdote que su presencia ahí no es necesaria. Y luego, tajante: “Retírese usted”. El jesuita responde cortésmente: “Señores: yo no pretendo perturbar…”. En eso se escucha, fuerte y clara, la voz del enfermo: “Que entre el padre”. Entra el sacerdote en la habitación y cierra la puerta tras de sí. Quedan a solas el confesor y el enfermo. El sacerdote absuelve de sus pecados al agonizante y lo unge con los óleos de la extremaunción. Luego se marcha en silencio. Cuando el enfermo ve a su amigo le dice tomándole la mano: “¡Qué paz siento en el alma! ¡Qué tranquilidad!”. Al día siguiente muere… Diré ahora quién es el hombre del que he hablado. Se llama Amado Nervo. Este año se cumple el centenario de su muerte. El amigo es Juan Zorrilla de San Martín, el poeta nacional de Uruguay. En Montevideo murió el bardo nayarita. Por orden del Presidente uruguayo sus restos son llevados a México. En cada escala que hace el navío se le rinden homenajes de apoteosis. A su llegada a la Ciudad de México es sepultado en la Rotonda de los Hombres Ilustres, el 14 de noviembre de 1919. Hay en el poema “Suave Patria”, de Ramón López Velarde, escrito en 1921, unos versos enigmáticos. Dice el jerezano dirigiéndose a la patria: “… Tus entrañas no niegan un asilo / para el ave que el párvulo sepulta / en una caja de carretes de hilo; / y nuestra juventud, llorando, oculta / dentro de ti el cadáver hecho poma / de aves que hablan nuestro mismo idioma…”. Pienso que eso de “el cadáver hecho poma” alude a Amado Nervo, cuyo cuerpo embalsamado vino de Uruguay para ser sepultado en tierra mexicana. FIN.

 

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