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Tres sargentos

Cinco años de casada tenía ya Florelia y no había podido concebir un hijo. Su vecina le aconsejó: “Ve con el brujo Pitorreal. Yo llevaba ya 10 años de matrimonio y no tenía familia. Fui con él y mi problema quedó resuelto”. Semanas después Florelia le contó a la vecina: “Fuimos mi esposo y yo con el brujo. De esto hace ya dos meses y no ha pasado nada”. La vecina le dijo bajando la voz: “Tienes que ir sola”. Un senador demócrata compraba todos los días “The Washington Post”, le echaba una breve ojeada a la primera plana y en seguida lo tiraba en el bote de basura más cercano. Un colega suyo le preguntó, curioso, qué es lo que buscaba en el periódico. “El obituario” -respondió el senador. El otro lo corrigió: “El obituario viene en páginas interiores”. “Ya lo sé -replicó el senador-. Pero cuando fallezca el hijo de tal cuya muerte espero su obituario aparecerá en primera plana”. Un feligrés de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus miembros el adulterio a condición de que lo cometan con la luz apagada) decidió hacerse católico. El sacerdote que lo iba a bautizar le preguntó: “¿Renuncias al mundo, al demonio y a la carne?”. En términos del catolicismo el mundo, el demonio y la carne son los tres enemigos del alma. Respondió el converso: “Al mundo y al demonio sí renuncio, padre, pero no a la carne. Dos de tres es suficiente ¿no?”. Babalucas era mesero en el restorán “La hermana de lord Byron”. Un furioso cliente lo llamó y le dijo: “¡Mesero! ¡Hay una mosca en mi sopa! ¡Llame al dueño!”. Respondió Babalucas: “¿Y yo cómo chingaos voy a saber quién es el dueño de la mosca?”. Tres sargentos, uno alemán, otro norteamericano y el tercero mexicano, discutían acerca de la valentía de sus respectivos soldados. El sargento germano
llamó a uno de los suyos y le ordenó: “¡Soldado Fritz! ¡Arrójese por la ventana!”. Aunque estaban en un quinto piso el soldado se cuadró: “¡Sí, mi sargento!”, y así diciendo se arrojó por la ventana. “¿Lo ven? -dijo orgulloso el sargento alemán. ¡Ésos son huevos!”. El norteamericano hizo venir a uno de sus soldados y le ordenó lo mismo: “¡Soldado Jack! ¡Tírese por la ventana!”. Sin responder palabra el soldado se echó de cabeza al vacío. El sargento yanqui dijo lleno de ufanía: “¿Lo ven? ¡Ésos son huevos!”. El sargento mexicano llamó a uno de sus soldados y le ordenó: “¡Soldado Pancho! ¡Arrójese por la ventana!”. El soldado contestó: “¡Ay, mi sargento! ¡Tan temprano y ya anda usté borracho!”. Y tras decir eso se retiró silbando una ligera tonadilla. El sargento mexicano se volvió hacia los otros y les dijo: “¿Lo ven? ¡Ésos sí que son verdaderos huevos!”. Un beduino llevó su camello al taller mecánico, pues se negaba a andar. El encargado le pidió que lo subiera a la rampa, tomó un enorme mazo y le dio un tremendo golpe al camello en los testículos. El animal escapó a todo correr. “¡Por las barbas del profeta! -clamó el beduino, desolado. Y ahora ¿cómo lo voy a alcanzar?”. Respondió el mecánico, lacónico: “Súbase a la rampa”. El doctor Ken Hosanna llegó al hospital y vio que todas las enfermeras lloraban llenas de aflicción. “¿Qué les sucede?” -les preguntó extrañado. “¡Murió Longardo!” -respondieron todas al unísono. Fue el médico a la morgue y vio ahí al tal Longardo. Era un sujeto extraordinariamente bien dotado por la naturaleza. De regreso en su casa el facultativo le dijo a su mujer: “Falleció en el hospital el hombre más bien dotado que en mi vida he visto”. “¡Cielo santo! -se consternó la esposa-. ¡No me digas que murió Longardo!”. FIN.

 

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