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Trumpadas

El chiste que en seguida voy a relatar es muy procaz. No es simplemente soez o majadero: es procaz, vale decir desvergonzado, impúdico, vulgar. Sin embargo es necesario a veces hacer a un lado los repulgos y tiquismiquis de conciencia para expresar con claridad un pensamiento. Y el que yo quiero manifestar requiere esa desfachatez o desparpajo. He aquí el cuento. Cierto individuo padecía la enfermedad llamada orquitis, esto es inflamación de los testículos. Le comentó a un amigo: “Voy a ver a un médico”. Preguntó el otro: “¿Por qué?”. Respondió el tipo: “Porque se me hinchan los huevos”. “¡Oye! -se asustó el otro-.

No te pongas así. ¡Yo nada más preguntaba!”. Esa palabra, “huevos”, es una de las muchas que en lenguaje plebeo se utilizan para nombrar los testes, dídimos o compañones del varón. Hay un voquible culterano, homófono del anterior -o sea que suena igual-, que nada tiene que ver con el primero. Es el término “uebos”, que se define como cosa necesaria, algo de lo que no se puede prescindir. Por ejemplo: “No vayas a la guerra si no tienes uebos”. Eso no significa que no se debe ir a la lucha si no se tiene valor o determinación; indica que para combatir es menester llevar las armas y vituallas que una campaña militar requiere. A lo que voy es a decir que otra vez Trump vuelve a las andanadas, y arremete contra México. De nuevo nos hostiliza con su muro y nos amaga con su retiro del TLCAN.

Si yo tuviera un poco más de Quijote y un poco menos de Sancho Panza pediría que el Gobierno mexicano llamara a nuestro embajador en Washington a modo de protesta oficial por los continuos agravios que el insolente mandatario yanqui nos infiere. Desgraciadamente los Estados Unidos nos tienen agarrados de los uebos. Con eso quiero significar que dependemos de ellos para conseguir muchas cosas necesarias, incluso lo que comemos cada día. “El que te mantiene te detiene”, dice un sabio proloquio. Y de no ser por las importaciones provenientes de “el otro lado” quizá ni tacos podríamos comer. Eso nos pone en la penosa precisión de acallar nuestra ira y apechugar ante los dicterios del maldito Trump.

Me conformo entonces con sostener el juramento que hice de no pisar suelo americano mientras ese jayán esté en la Presidencia. Desde luego no pido a nadie que me siga en mi camino hacia ninguna parte -mis loqueras, que ni siquiera tienen rango de locuras, son sólo inanes quijotadas-, pero en los ratos en que no hago nada, que son los más del día, me pongo a pensar qué sucedería si todos los mexicanos dejáramos de ir a los Estados Unidos. No sé qué, pero seguramente algo pasaría. Por desventura ahí está la cuestión aquella de los uebos. Mientras no los tengamos con be grande no los podemos tener tampoco con ve chica. En la playa le dijo Capronio a su señora suegra: “Por favor, suegrita, métase al mar antes que nosotros, para que espante a los tiburones”. El famoso intelectual colgó los tenis, si me es permitida esa expresión tan poco intelectual que se emplea para decir que alguien se murió. (También se dice “chupar Faros”, “devolver el envase”, “irse de minero” o “entregar la zalea al divino curtidor”).

Un reportero le preguntó a su viuda: “Antes de expirar ¿dijo su esposo algunas palabras dignas de ser recogidas por la posteridad?”. Respondió la señora: “No sé si ‘Ah chingao, ah chingao’ sean palabras dignas de ser recogidas por la posteridad”. Don Valetu di Nario, señor de edad madura, leía un libro. Le comentó a su esposa: “Aquí dice que el cuerpo humano está hecho en su mayoría de agua. ¡Cómo me gustaría beberme el agua de que está hecha la guapa vecina de al lado!”. Replicó la señora: “¿Con qué te la vas a tomar, si ya ni popote tienes?”.FIN.

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