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Un agradable regreso

Con gusto escribo de nueva cuenta esta columna en el diario Criterio después de casi tres años de ausencia.

Retomamos esa práctica de decir las cosas por su nombre, de evitar esas innovaciones (entiéndase aberraciones) en el lenguaje, que sólo buscan disfrazar nuestra realidad, que abonan monedas para que funcione el teléfono descompuesto y entonces vivamos en el supuesto.

Sí, en el supuesto que nuestra gente ya no tiene hambre, que el 71 por ciento de los hidalguenses ya dejamos de ser pobres o bien que estamos en los primeros lugares de innovación cuando no hemos podido desterrar los empleos del hambre como fue es el huachicol.

Justo es, que en estos momentos en que están convocando a una transformación, nos subamos no justamente para engrandecer a aprendices de políticos, sino para cambiar este entorno que necesita vivir de la verdad.

Si bien es cierto que los grandes ideólogos y productores de figuras de marketing ya tienen un ventajoso lugar en los gobiernos con la tarea específica para maquillar todo aquello que a diario se sale de control, también es cierto que la realidad los empuja para mostrar la dimensión de nuestros problemas.

Por desgracia nuestra cotidianeidad en Hidalgo no es una telenovela, no es un set de fantasías en donde el libreto comienza por lo último y afirma que todos vivieron felices.

La propia ciudadanía borró prácticamente los logotipos de todos aquellos que la timaron en nombre de la democracia y el bienestar.

Sin más, sólo cruzó otra preferencia, no por buena o prometedora, sino porque ya no aguantó ver como gavillas de malos servidores públicos daban pellizcos al presupuesto de la forma más cínica; cómo la obra pública se desmoronaba por falta de cemento; cómo los útiles escolares se caían a pedazos apenas quitándoles el empaque.

Todo esto sucede en una entidad muy pequeña, que apenas representa el 2 por ciento de la votación nacional; un estado que produce los más altos volúmenes de contaminación en el centro del país; un lugar en donde la generación de empleos siempre resulta dolorosa porque compromete o el medio ambiente o sus recursos como el agua de consumo humano.

Por eso cuando convocan a una transformación, hay que echarse para adelante y aceptar el reto de cambiar nuestra cotidianeidad.

Hace unos días, Lalo Calderón, el conocido y querido Chato mostraba orgulloso una fotografía aérea de los añosos talleres de Maestranza. Se observaba la nave principal construida de piedra y techada con lámina de cartón. Y a partir de esa imagen se remontan los recuerdos de muchos, hasta del silbato que tocaba Don Chon al concluir o iniciar las jornadas de los castigados mineros.

Y en ese intercambio, surge también la incógnita de quién es el dueño de esa valiosa propiedad, que por órdenes del ex gobernador Manuel Ángel Núñez Soto fue vendido en apenas 7 millones de pesos, días después de recibirlo como pago de impuestos.

Y esto viene a colación tan sólo para mostrar que en cada recuerdo que tenemos en Hidalgo, siempre surge la anécdota roja, la de los ladrones.

Vale la pena transformarnos y no sólo como moda sexenal, sino como un acto de respeto a la vida que necesitamos en Hidalgo para las nuevas generaciones, si es que queremos tener futuro.

Nimiedades: En las preguntas al diablo, ¿será que el corporativismo partidista que envuelven las concesiones del servicio público en la entidad, todavía pese más que una buena oferta económica?

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