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Un crimen de la vecindad de Texas

Para los integrantes de mi generación, esa que creció a partir de la segunda mitad del siglo anterior, los recuerdos de los lejanos años cincuenta tal vez parezcan cercanos a pesar de haber transcurrido ya seis décadas de aquel 1957, días en los que la muchachada quedaba extasiada al admirar aquellos automóviles de diseño futurista, como los aparecidos en la entonces leída serie de historietas Titanes Planetarios.
Cómo no recordar aquellos días en que Pachuca tenía muchos menos habitantes y vehículos en sus calles, épocas en que las campanadas de monumental reloj podían escucharse con claridad en colonias y barriadas alejadas de aquel centro neurálgico de la ciudad.
Años en los que predominaba en el ambiente la música de Los Panchos, Los Diamantes o las singulares voces de Pedro Vargas y del entonces recién fallecido Pedro Infante, música que mezclaba en las calles los ritmos del danzón y el chachacha, época en que la parvada de pilluelos del barrio podía jugar cómodamente en la calle al bote pateado, la roña y hasta sostener reñidos partidos de futbol, sin preocuparse de la circulación de vehículos.
Fue en aquellos días cuando los pachuqueños conocieron a un diminuto personaje, dedicado a cuidado de los vehículos que se estacionaban en batería frente al antiguo Casino Español y el Hotel de los Baños –en la primera de Matamoros– o bien los domingos en la de Guerrero.
Era pequeño de estatura, difícilmente sobrepasaba el metro completo, sin embargo su voz semejaba la de un enorme barítono y sus chiflidos superiores a los de cualquier corpulento arriero, nadie que viviera o trabajara en el centro de Pachuca podía negar haberle conocido, había inclusive quien le ayudaba de vez en cuando con algunas monedas, como pago a la bonhomía con la que trataba a propios y extraños.


Jamás se supo cuál fue su nombre y cuáles sus apellidos, pues era conocido simplemente como el Muégano –nombre con el que en México se conoce a las golosinas hechas en trocitos cuadrados de harina de trigo fritos y pegados a otros con miel–. Tal apodo le fue asignado en la vecindad de Texas aquella que se extendía desde la calle de Guerrero hasta la de Trigueros, donde tenía rentado un cuartucho en el tercer patio, encima de los lavaderos de aquella verdadera ciudad perdida del Pachuca en los años cincuenta.
El Muégano, se ganaba la vida cuidando coches, entre semana, en la acera oriente de la calle Matamoros y los domingos en la de Guerrero, frente a los baños de ese nombre cuando había oportunidad, los limpiaba a duras penas, pues su estatura no le permitía hacerlo con facilidad, por ello llevaba una pequeña escalera de tijera, en la que se subía para realizar aquellos menesteres de manera muy peculiar. En ocasiones, los comerciantes de esas calles le pedían hiciera algún mandado, llevara recados y hasta le encargaban “tantito” el negocio. Era un hombre muy querido.
Fue a finales de agosto de 1957 cuando apareció en las calles de Pachuca un jovencito de edad indefinible, tal vez de 20 o 25 años, quien tenía una pierna rígida y usaba una muleta para ayudarse a caminar; llegó con la ropa que traía puesta y un hambre de los mil diablos”, el Muégano se conmovió de su situación y lo llevó a vivir con él, en el cuarto que rentaba en la vecindad de Texas, sitio en el que la prole bautizo al recién llegado como el Llanta Baja.
A partir de aquel momento el Muégano compartió con el Llanta Baja techo, comida, vestido y hasta trabajo, porque lo llevó también a cuidar y lavar coches. Pronto la imagen de los dos infelices se hizo parte de las calle del centro pachuqueño, cuyos vecinos fueron testigos de cómo se complementaban en el trabajo, El Muégano dirigiendo a chiflidos el estacionamiento y El Llanta Baja limpiando y vigilando vehículos.
Un fin de semana, el primero del mes de octubre de 1957, los asistentes a los flamantes baños de vapor Guerrero propiedad de don Enrique Pineda –unos años después propietario del cine Pineda–, se extrañaron de que El Muégano y El Llanta Baja no acudieran como de costumbre a cuidar automóviles, situación que se repitió al día siguiente domingo y luego el lunes. El más extrañado de todos fue Manuel Isunza, mesero de la cantina de Los Baños quien platicaba todos los días con el Muégano, mientras aseaba la cantina.
No le costó trabajo a Isunza saber dónde vivía el cuidador de autos, de modo que la tarde del miércoles 10 de octubre, según se lee en el expediente respectivo, llegó a la paupérrima vivienda de la vecindad de Texas, donde encontró muerto en medio de un charco de sangre ya muy seca al Muégano, de inmediato dio parte a la olicía y se iniciaron las averiguaciones del homicidio.
La fe de cadáver estableció que el Muégano murió tras recibir 37 puñaladas, en tórax y cuello, desangrándose por horas. Las indagatorias coincidieron en señalar como responsable al Llanta Baja quien al final, resultó ser un auténtico pájaro de cuenta, responsable de al menos tres homicidios más y de haberse evadido de la cárcel de Monterrey, donde cumplía una sentencia de 25 años por homicidio; a consecuencia de aquella fuga, fue herido en una pierna, la misma que motivó su apodo en Pachuca ya que su nombre real era Porfirio Ayala Ayala, el Pocas Pulgas mote que definía muy bien el carácter de aquel individuo colérico y desalmado
Muchos años pasaron para que la justicia pudiera echarle el guante, al Pocas Pulgas ya que fue aprehendido hasta el 8 de mayo de 1969, en la ciudad de México; es decir, 12 años después de que el cuerpo del Muégano, fuera a parar a la fosa común, lo que sucedió amable lector, hace ya 61 años.

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