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Un hombre llamado Ling

El telón de esta columnejilla se levanta hoy con un chiste cuyo sentido no capté. Helo aquí. Los marinos de un barco trataban muy mal al cocinero, un hombre llamado Ling. Lo hacían objeto de burlas y toda suerte de indebidos tratos. Cierto día, arrepentidos por su conducta, le pidieron disculpas y le prometieron que en adelante se portarían bien con él. “Gracias -les dijo el cocinero-. En adelante Ling les meneará su té con una cucharita”. “¿Con una cucharita? -se extrañó uno de los marinos-. Pues ¿con qué nos meneabas antes el té?”. Respondió Ling con una gran sonrisa: “Cuando se portaban regular se los meneaba con el dedo”. (No le entendí)…

Comentó Himenia Camafría, madura señorita soltera: “No cabe duda de que con los años te vas haciendo más sabia, más madura. Cuando yo era una adolescente no pensaba en otra cosa que en muchachos, muchachos, muchachos. Ahora, después de haber vivido más años, no pienso en otra cosa que en hombres, hombres, hombres”.

Una niñita tenía la costumbre de chuparse el dedo pulgar. Habían sido inútiles todos los esfuerzos de su mamá para quitarle la manía. Finalmente decidió contarle una mentira útil. Le dijo: “Rosilita: si sigues chupándote el dedo te vas a inflar como un globo”. A los pocos días llegó de visita una vecina que tenía ocho meses de embarazo. Rosilita le dijo: “Ya sé lo que hiciste para estar así”.

Sin más razón que su capricho -“lo que diga mi dedito”- el Presidente López ordenó ya la construcción de la refinería de Dos Bocas. Igual podría ordenar que los carros de ferrocarril fueran otra vez movidos por máquinas de vapor, que se cocinara con leña o con carbón y que el telégrafo volviera a ser el principal medio de comunicación a distancia. Su proyecto es el de un presidente de hace 70 años o más. El modo de operar de una refinería como la que AMLO pretende construir es ya obsoleto, y la contaminación que producen esas instalaciones es por sí sola causa suficiente para no llevar a cabo la obra. Pero una vez más se impone la omnímoda voluntad de este presidente que en tratándose de autoritarismo está dejando muy atrás a los del período de la dominación priista. Con López Obrador no sólo estamos retrocediendo: también vamos para atrás. Desgraciadamente él tiene otros datos, y sus datos son los únicos que cuentan. Los expertos ya no cuentan. Sólo él cuenta. Y todas las mañanas cuenta.

La joven madre que recién había tenido un bebé lo dejó encargado con su mamá para viajar a una ciudad cercana. Ahí se encontró a un señor que la conocía. “¿Cómo te va, Florelita? -la saludó afectuosamente el señor-. Oí que tuviste un bebé”. “¡Dios mío! -se consternó ella-. ¿Hasta acá se oyó?”.

A través del cristal la enfermera le mostraba la bebita al orgulloso papá, que la miraba feliz en compañía de un compadre. “¡Mire, compadre! -decía emocionado el feliz padre-. ¡Qué carita preciosa, qué manitas, que ojitos! ¡Y mírele las pompitas, que lindas!”. “Sí -confirmó el compadre-. Ahora pídale que se acerque más, para ver a la bebita”.

Pirulina consiguió que Babalucas, que es tan tonto, la llevara en su automóvil al Ensalivadero, solitario paraje al cual acudían las parejitas en trance de encendido amor. Ya ahí le habló con voz apasionada: “Baba, ¡dime palabras del corazón!”. Babalucas respondió: “Ventrículo. Aorta. Válvula mitral”. Los novios le pidieron al joven sacerdote: “Queremos que nos case”. “No puedo -respondió el sacerdote-. Me hice la promesa de que jamás oficiaré en ningún matrimonio”. “¿Por qué?” -inquirieron con asombro los novios-. Les explicó el curita: “En el seminario me enseñaron que no debo participar nunca en juegos de azar”. FIN.

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