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Vamos, salvemos a los muchachos

La zozobra y la incertidumbre sacaron a muchas familias a la calle para demandar que cesen las desapariciones, que frene la violencia, que regrese esa paz que de forma paulatina se esfuma.

Los coros improvisados durante la marcha dominical no solo exigían que las autoridades hagan su trabajo, también hacían la autoreflexión de acompañar a nuestra juventud, a quien hemos conferido una suficiente autonomía para correr riesgos sin que vayamos de la mano con ellos.

Cartulinas pintadas con plumones multicolores pedían el regreso de Sebastián, mientras que otro le recordaba a la Procuraduría General de Justicia que nada informan sobre los autores de la muerte de Emmanuel o de Berenice Tinoco y de otros más.

Si bien el fenómeno de las desapariciones no son culpa del gobierno en turno, su intervención, sin duda, permitiría combatirlo de forma eficaz.

Los cientos de spots radiofónicos contratados para promocionar al Estado Modelo o los frívolos Records Guinness ganados en los últimos días, bien podrían compartir un tiempo para campañas de concientización social, en donde vayan juntos la autoridad con los padres de familia, instituciones educativas e iniciativa privada.

Crear una cruzada para salvar a los jóvenes sería la tarea central. La autoridad, mediante sus cientos de asesores, podría confeccionar la temática de la campaña que permita hacer conciencia no sólo en el muchacho, también en el tendero, en el dueño del bar, en el taxista, en esa cadena de prestadores de servicios que tiene contacto con el muchacho que salió a divertirse.

Girar órdenes para que la Secretaría de Salud haga su trabajo para evitar la alteración de bebidas o la hechura de mezclas mortales que provocan tanto daño, no solo físico sino hasta mentales en muchos de sus consumidores.

Copiar el mecanismo puesto en marcha por el gobierno de Veracruz de botones de pánico a partir de una aplicación en el teléfono celular. Y digo copiar, porque ya no se perdería tiempo descubriendo el hilo negro.

La policía de forma coordinada con los dueños de los bares, cantinas y antros, habrían de trabajar de manera conjunta para evitar la venta de drogas y sustancias atípicas en sus instalaciones. La autoridad municipal resguardaría de manera cercana el funcionamiento, horarios y vigilancia a la salida.

A los taxistas, que se convierten en dueños de las calles, nada cuesta sumarse para dar la alerta sobre vehículos sospechosos o eventos extraordinarios para que intervenga la policía de manera pronta y eficaz.

Los padres de familia participarían conociendo los contactos de quienes estarían en la fiesta, ubicación y sobre todo poniendo límites.

Fortalecer este frente para salvar a los jóvenes, sin duda daría menos margen de acción a los delincuentes que aprovechan la ausencia de comunicación entre padres e hijos y entre autoridad y sociedad.

Vale la pena apostarles a las nuevas generaciones, pero para ello debemos cuidar su entorno de forma inteligente y quitarse de la cabeza la estupidez de que existen alguien atrás de estas acciones, que hay enemigos políticos que le apuestan al caos.

Esta circunstancia deberá hacer madurar a la clase política y la sociedad misma, en cuanto a su responsabilidad para con los jóvenes, sin mezquindades o recelos.

 

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