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¿Por qué la comida nos recuerda etapas de nuestra vida?

Las emociones que despierta lo que pones en tu plato van más allá de una glotonería simplista. Los bocados son un fino hilo conductor de tus recuerdos; comer es volver a convivir con quienes ya no están, viajar a lugares y momentos grabados en la memoria. La mesa es una metáfora de la vida, asegura el historiador Massimo Montanari.

Cierto, la comida satisface una necesidad básica; sin embargo, tu universo alimentario y los más íntimos sentimientos respecto a lo que te llevas o no a la boca están finamente delineados por tu historia y visión del mundo.

Según la doctora en antropología Laura E. Corona, el ser humano es instruido sobre su gama de posibilidades comestibles incluso antes de existir: durante el embarazo, la madre aporta, mediante el cordón umbilical, un catálogo de sabores.

Las asociaciones positivas con la comida comienzan a reforzarse durante la lactancia. Cuando la madre amamanta, además de aportar nutrientes, brinda sensaciones de seguridad y protección a su bebé, explica la maestra Fátima Moneta, especialista en atención psiquiátrica de la Secretaría de Salud.

“Hay una relación entre la amígdala, que concibe la alimentación como una necesidad básica, y el córtex cerebral, generador de recuerdos y emociones, donde las neuronas de la memoria hacen conexiones a partir de olfato y gusto”, señala la especialista.

Lo que sientes por la comida no es sólo por necesidad nutrimental, sino por herencia cultural.

“Lo que une a las personas con sus alimentos es la cultura que los vincula con sus antepasados. La comida es un elemento muy fuerte a nivel emocional y cultural”, apunta Corona.

 

Un placer íntimo

El acto de comer involucra todos los sentidos. El olfato, generalmente, seduce; la vista cede ante una atractiva apariencia; el gusto percibe cada textura y el oído registra el crujido de un pan tostado o el chisporroteo de una carne recién salida de la parrilla.

Degustar resulta, entonces, en un placer muy íntimo. Cada órgano con el que pueda percibirse un alimento expresa sus matices en un mensaje que cada quien interpreta de manera única.

La naturalista Diane Ackerman sostiene que el modo de degustar y la exacta composición química de la saliva es tan individual como las huellas digitales.

El aroma juega un papel fundamental en esta ecuación. Según explica Ackerman, cuando el bulbo olfativo detecta algo, se lo comunica a la corteza cerebral y envía un mensaje al sistema límbico, una sección misteriosa, antigua e inmensamente emocional del cerebro, en la que sentimos, gozamos e inventamos.

“El órgano del gusto no es la lengua sino el cerebro, que transmite y aprende criterios para evaluar la comida”, aclara Montanari.

 

 

 

Compartir la mesa

La comida es, entonces, pensamiento y sentimiento, pero también un protocolo de usos, situaciones y conductas, según el filósofo Roland Barthes.

Comer en compañía es típico -no exclusivo- de los seres humanos. De acuerdo con Laura Corona, los alimentos son un vehículo para establecer relaciones y la comensalidad el conjunto normativo que cada cultura establece.

“Una serie de normas rigen la comensalidad, no sólo entre las personas vivas, también con otras entidades, como los espíritus, con los que algunas personas se relacionan a través de la comida, en forma de ofrenda, para establecer y mantener relaciones de unión e intercambio”, señala la especialista.

De acuerdo con Massimo Montanari, en todos los niveles sociales, compartir la mesa es la primera muestra de aceptación en un grupo.

Sí, tu sincero amor por la comida tiene uno y mil porqués.

 

 

 

 

Emociones emplatadas

Varios son los cocineros que han tratado de desenmarañar esa estrecha relación entre la comida y las emociones. El gran disruptor: Ferran Adrià, cuya cocina fue precisamente bautizada como “tecnoemocional” por la pluma de Pau Arénos, en 2006.

El polémico término, acuñado a partir de lo que el periodista experimentó en el restaurante El Bulli, intentaba describir las implicaciones tecnológicas en el desarrollo de recetas, resumir el resultado de un diálogo conceptual entre científicos, arquitectos, cocineros y diseñadores.

“Nunca como ahora se ha demandado a los cocineros que, armados hasta los dientes de máquinas, lleguen también al espíritu, al sentimiento. La técnica como vehículo de la emoción. Esta es la generación de los cocineros tecnoemocionales, mitad cerebro, mitad corazón”, explicó Arénos.

“En El Bulli la comida no va al estómago, sino a la cabeza y a ¿el alma?, ¿el espíritu?, ¿la entraña?, ¿la sensibilidad?”.  De acuerdo con Adrià, el objetivo de El Bulli era conquistar al comensal desde un punto de vista sensorial, emocional e intelectual. En su proyecto, el cocinero catalán planteaba un sexto sentido que se provoca a partir de recuerdos, referencias culturales, magia, juego, ironía, sorpresa, confusión o decepción.

 

 

Agencia Reforma I México

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