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Una dulce memoria

La vida y la muerte conviven a diario en el taller del maestro dulcero José Emilio Quintana. Los brillantes colores de las paredes, las plumas y la música de los vinilos convergen en una mágica danza de tradición.

Emilio resguarda los secretos de varias generaciones de una familia de dulceros que, a pesar de seguir su camino fuera de las fronteras poblanas, reproducen las recetas con cariño y dedicación.

“Mi bisabuelo, Alejandro Quintana, empezó vendiendo en las calles de distintos barrios dulce de leche y calaveritas de azúcar; cuando mi papá, Artemio Quintana, emprendió su propio negocio, ya dejaba sus dulces en tienditas que los vendían a 7 por un peso y, cuando cumplí 10 años, ya lo acompañaba con mi cajita para repartir nuestros encargos”, relata.

Sin embargo, su primer encargo estuvo lejos de los calderos donde surge la magia. Su actividad principal era conseguir combustible.

“Al principio me corrían y me decían que me quitara, porque me iba a quemar. Como yo quería ayudar, me mandaban a comprar carbón”, recuerda.

Quintana señala que, a fuerza de cargar el carbón, su cabeza adquirió una estructura distinta, por lo que su papá le realizó un carrito que le facilitó el transporte de las hasta tres cargas necesarias para mantener vivo el fogón.

Su ascenso a la cocina se dio a los 12 años, cuando obtuvo el permiso para mover las palas y templar las preparaciones. Tres años después, a la muerte de su padre, tuvo que apoyar a su mamá en las tareas cotidianas.

 

 

Más allá… de las fronteras

La maestría desarrollada por José Emilio en la elaboración de estas dulces creaciones lo llevó a distintas latitudes.

“En 1988 me invitaron a dar talleres de calaveritas de azúcar en la Galería de la Raza en San Francisco, California.

“La primera vez fui por quince días, pero conforme pasaron los años ya pasaba hasta 2 meses fuera recorriendo París, Bélgica, Chicago, Nueva York y Los Ángeles, además de una área más grande en San Francisco, e incluso en viñedos de Napa”, recuerda.

La memoria de sus antepasados es lo que inspira a este artesano a compartir sus conocimientos.

“Comparto con la gente mis talleres, porque así empezaron mis bisabuelos. Les costó mucho trabajo aprenderlo a hacer, gastaban muchos botes de miel; tenían moldes, pero no la sabiduría de trabajar el azúcar”, enfatiza.

Su ánimo de compartir los secretos familiares lo instó a volver a su ciudad natal, donde realiza talleres para sus paisanos.

“Desde hace 12 años doy talleres a la gente de mi ciudad. Darlos es una satisfacción para mí, porque mis abuelos lo hacían y me decían ‘tienes que compartir, no debes ser envidioso’. Quiero que otras personas, como yo, puedan subsistir a partir de este oficio y me gustaría mucho que, el día que yo no esté, ellos puedan trabajar, saber y hacer”, concluye.

En la actualidad, en el taller del maestro Emilio se elaboran más de 20 variedades de dulces, y se comercializan las piezas creadas por otros miembros de la familia. Sin embargo, su labor principal es la difusión de los saberes ocultos en la artesanía dulcera, esa que se hereda y trasciende las fronteras de la vida y la muerte.

 

 

Nayeli Estrada I Agencia Reforma

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