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Los mejores poemas de Jaime Sabines
Los mejores poemas de Jaime Sabines Foto: Especial

Los mejores poemas de Jaime Sabines

Un día como hoy, 19 de marzo, pero de 1999, falleció el poeta y político mexicano, Jaime Sabines Gutiérrez, uno de los autores hispanoamericanos más populares de las últimas décadas.

Su padre, Julio Sabines, fue uno de los responsables de su amor por la poesía, y de su personalidad sencilla y accesible, una de las razones de su éxito. A los 19 años comenzó a estudiar medicina, para darse cuenta poco tiempo después de que su lugar estaba en la Literatura.

Resulta curioso que tanto su esposa como sus cuatro hijos tuvieran nombres que comenzaban con «j», inicial del nombre de su padre, así como del suyo propio y el de sus tres hermanos.

Como escritor fue muy productivo; si bien difundió su poesía desde los 18 años, con Horal, su primer poemario, comenzó en 1950 una serie de publicaciones que culminaría pocos años antes de su muerte.

Sabines reconoció la importancia del estudio técnico para su evolución como escritor, para encontrar su propia personalidad, sin dejar de inspirarse en Neruda o Lorca, entre sus otras fuertes influencias.

Su amor por su padre quedó plasmado en un poema que el mismo autor consideró su mejor obra, Algo sobre la muerte del mayor Sabines.

A 20 años de su fallecimiento, te traemos extractos de los mejores versos de uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX.

 

Horal (1950)

Lento, amargo animal

que soy, que he sido,

amargo desde el nudo de polvo y agua y viento

que en la primera generación del hombre pedía a Dios.

 

Amargo como esos minerales amargos

que en las noches de exacta soledad

¿maldita y arruinada soledad

sin uno mismo?

trepan a la garganta

y, costras de silencio,

asfixian, matan, resucitan.

 

Amargo como esa voz amarga

prenatal, presubstancial, que dijo

nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,

que murió nuestra muerte,

y que en todo momento descubrimos.

 

No es que muera de amor (1981)

No es que muera de amor, muero de ti.

Muero de ti, amor, de amor de ti,

de urgencia mía de mi piel de ti,

de mi alma, de ti y de mi boca

y del insoportable que yo soy sin ti.

 

Muero de ti y de mi, muero de ambos,

de nosotros, de ese,

desgarrado, partido,

me muero, te muero, lo morimos.

 

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,

en mi cama en que faltas,

en la calle donde mi brazo va vacío,

en el cine y los parques, los tranvías,

los lugares donde mi hombro

acostumbra tu cabeza

y mi mano tu mano

y todo yo te sé como yo mismo.

 

Morimos en el sitio que le he prestado al aire

para que estés fuera de mí,

y en el lugar en que el aire se acaba

cuando te echo mi piel encima

y nos conocemos en nosotros,

separados del mundo, dichosa, penetrada,

y cierto, interminable.

 

 

Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973)

Déjame reposar,

aflojar los músculos del corazón

y poner a dormitar el alma

para poder hablar,

para poder recordar estos días,

los más largos del tiempo.

 

Convalecemos de la angustia apenas

y estamos débiles, asustadizos,

despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño

para verte en la noche y saber que respiras.

Necesitamos despertar para estar más despiertos

en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.

 

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,

por eso es que este hachazo nos sacude.

Nunca frente a tu muerte nos paramos

a pensar en la muerte,

ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la

alegría.

No lo sabemos bien, pero de pronto llega

un incesante aviso,

una escapada espada de la boca de Dios

que cae y cae y cae lentamente.

Y he aquí que temblamos de miedo,

que nos ahoga el llanto contenido,

que nos aprieta la garganta el miedo.

 

Los amorosos: cartas a Chepita (1983)

Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino,

el más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan,

los amorosos son los que abandonan,

son los que cambian, los que olvidan.

 

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,

no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos,

entregándose, dándose a cada rato,

llorando porque no salvan al amor.

 

Les preocupa el amor. Los amorosos

viven al día, no pueden hacer más, no saben.

Siempre se están yendo,

siempre, hacia alguna parte.

Esperan,

no esperan nada, pero esperan.

 

Saben que nunca han de encontrar.

El amor es la prórroga perpetua,

siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

Los amorosos son los insaciables,

los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.

 

 

Redacción

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