Pachuca, HGO.

Mar 23, 2017

A Criterio de

Ciudad y autos: el dulce tormento

Siempre he vivido en ciudad

Siempre he vivido en ciudad. Lo mismo he pasado años en una gran metrópoli, que otros tantos en ciudades pequeñas. Me identifico, entonces, como urbanita o ciudadano del asfalto.
Vivir en ciudad ofrece muchas ventajas, comodidades y oportunidades. Pero también un infierno que se busca ignorar hasta que es imposible hacerlo.
Y es que ser ciudadano y automovilista resulta ser un martirio con sufrimiento proporcional al tamaño de la urbe en la que se vive.
Ayer a las 2 de la tarde, por ejemplo, recorrer Pachuca fue una odisea. Primero fue la lluvia, ese fenómeno que causa atolondramiento en quienes manejamos. El tránsito se aletarga, y los vecinos del auto de al lado pierden la noción del espacio y se obstinan en invadir carriles sin precaución.
Pero si el agua desquicia la vialidad, nada mejor para complementar el caos que el bloqueo que a una de las principales avenidas de Pachuca impusieron ejidatarios en protesta porque nadie resuelve líos de tierras en otros
municipios.
Pero no crea usted que eso es todo. Falta por mencionar a los innumerables miembros de la secta de la doble fila que, sin temor a Dios, se estacionan exactamente frente al negocio que visitan y, con total calma, bloquean un carril porque su religión les prohíbe caminar más de media cuadra.
En fin: las ciudades, y más en días lluviosos, son una calamidad a la que nos aferramos para no perder los privilegios que nos otorgan. Son, diría el poeta, un dulce tormento, pero cotidiano.
Lo peor es que, al menos en mi caso, la dependencia a la ciudad me impide buscar asiento en lugares aún más tranquilos. Hago berrinches cuando estoy al volante, pero me siento seguro en medio del concreto. Tendré que resignarme a sufrir.
Ahora sólo falta revisar mi cuenta de Twitter para esperar el mensaje con el que @danacorres me diga: “¿Por qué no pruebas a andar en bicicleta?”.

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23 marzo 2017

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