El impertinente

Pachuca, HGO.

Jul 21, 2017

A Criterio de

El impertinente

No es infrecuente que la persona de genio tenga pésimo carácter y recompense a sus admiradores con abusos, humillaciones, un apodo agraviante o un ríspido epigrama. Tampoco es infrecuente que los acosadores soporten esto

Ciertos defectos pueden convertirse en formas de la virtud. La historia de la literatura admite a escritores que aspiraron a trascender como testigos, secretarios, corresponsales, discípulos o simples parásitos de autores más célebres que ellos.
No es infrecuente que la persona de genio tenga pésimo carácter y recompense a sus admiradores con abusos, humillaciones, un apodo agraviante o un ríspido epigrama. Tampoco es infrecuente que los acosadores soporten estos maltratos y se venguen a su manera.
Probablemente, el impertinente más fecundo de la literatura fue James Boswell, biógrafo del Dr. Samuel Johnson. Nacido en Escocia en 1740, Boswell dependió de los demás para recibir consejos, ganarse la vida y encontrar los temas de una obra que se volvería clásica. En un arrebato de juventud se convirtió al catolicismo. De haber seguido por ese rumbo, habría vivido a contrapelo de su tiempo y los favores de la aristocracia. El conde de Eglinton lo convenció de abrazar una fe más fácil de administrar: el anglicanismo.
“La vida es lo que sucede mientras hacemos otras cosas”, dijo John Lennon. En lo que el torrencial Johnson escribía su diccionario sin otra ayuda que su conciencia, Boswell registraba su cotidianeidad y las brillantes frases que decía en la calle, la taberna o la tertulia. Más de una vez, el protagonista se incomodó con ese testigo que se le pegaba como el pez piloto al tiburón y llegó a recelar de todos los escoceses; sin embargo, no repudió su compañía. Secretamente, debía saber que su reputación dependería de la biografía de Boswell, mucho más leída que su propia obra.
A partir de los años treinta del siglo pasado, el coleccionista Ralph H. Isham comenzó a comprar los papeles de Boswell y descubrió piezas inéditas, entre ellas un viaje para acosar a dos ilustrados franceses. En 2015, la editorial chilena Diego Portales hizo una espléndida edición de Una visita a Voltaire y Rousseau. Con desparpajo, el autor, entonces de veinticuatro años, confiesa que ignora buena parte de lo que esos señores han escrito, pero los juzga suficientemente famosos para entrevistarlos. Su técnica para llegar a Rousseau, de 53 años, y Voltaire, de 72, es sincera hasta el descaro: cuenta con cartas de recomendación, pero prefiere describirse a sí mismo con intrépido candor. Los filósofos aprecian el gesto y lo convidan a departir con ellos. Rousseau está enfermo, usa una sonda para orinar, vive con austeridad. Se muestra amable con el intruso hasta que debe decirle: “Márchese”, “usted me es molesto”. En cada visita, Boswell adquiere mayor confianza y negocia el tiempo de estadía: “Todavía me quedan veinticinco minutos”, dice ante un exasperado Rousseau. “Pero no os puedo conceder veinticinco minutos”, responde el filósofo. “Yo os daré mucho más”, revira Boswell, demostrando la desfachatez a la que puede llevar la admiración. “¡Cómo! ¿De mi propio tiempo? Ni todos los reyes de la tierra pueden concederme mi propio tiempo”, reflexiona con melancolía el autor del Contrato social.
Boswell lo arrincona para hablar de gatos, alimentación, los límites de la libertad y la falsa originalidad. Rousseau se queja de su salud y la falta de tiempo para atender a los demás: “Recibo una cantidad prodigiosa de cartas. Y el autor de cada una cree ser el único” (ante estas y otras indirectas, Boswell reacciona con cinismo: “Tuve el cuidado de descartar tales excusas”).
Con Voltaire tiene mayor suerte, entre otras cosas porque el autor de Cándido vive en un palacio, rodeado de una pequeña corte, y porque ya visitó a Rousseau y eso se presta para hablar mal del “filósofo salvaje”.
Boswell se elogia a sí mismo sin remilgos (“¿acaso no soy bien recibido en todas partes?”) y escribe a sus amigos acerca de sus éxitos. Presiona a Voltaire para que le mande una carta y la transcribe con la espontaneidad que otorga insólito valor a sus escritos: “Parece usted muy preocupado por esa cosa bonita llamada alma. Asevero que no sabe usted nada sobre ella, ni si es, ni qué es, ni lo que será [...] Sea lo que sea, le aseguro que mi alma siente gran consideración hacia la suya”. El regaño hace feliz al incorregible Boswell.
“Estamos en el mundo para darnos lata”, se lamentó Italo Calvino. Curiosamente, la lata también produce logros literarios. Las molestias que Boswell causó en el siglo XVIII son nuestra recompensa.

Edición Impresa

Criterio Hidalgo

Ver edición impresa

Ver más