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El temible quinto partido

Nada se come tan caliente como se cocina”, dice con sabiduría la madre de un peluquero al que consulto como a un oráculo. Antes del Mundial, las estufas hierven a una temperatura que bajará en los próximos días. Estamos en una fase de anticipación en la que nadie sabe lo que va a pasar. El futbol es tan raro que sus mejores adivinos han sido el pulpo Paul, en Alemania 2006, o la viejecita calabresa que se distrajo de su tejido para asegurar que Camerún derrotaría a Argentina en Italia 90.

No hay expertos para una actividad imponderable. Los campeones pertenecen a un club restringido, ¿pero quién iba a decir que Italia quedaría fuera? El camino a Rusia anunció que la competencia será extraña. La mejor generación de futbolistas chilenos verá el cotejo por televisión y los improbables islandeses saltarán a la cancha comandados por un dentista.

Imposible prever un oficio donde Platini y Zico fallaron penaltis en el mismo partido. Los pronósticos son una rama de la superstición.

Entrevistado por Vicente Leñero antes de Argentina 78, José Antonio Roca, entrenador de “La esperanza verde”, trazó estos resultados en una boleta de Pronósticos Deportivos: empate con Alemania, victorias ante Túnez y Polonia. La realidad fue tan distinta que Túnez logró el triunfo deportivo más importante de su historia.

Cada país tiene sus ilusiones. Los alemanes pueden especular en el derroche que significa dejar al mejor novato de la Premier League, Leroy Sané, lejos del Mundial. ¿Vale la pena prescindir de un Porsche porque ya manejas un Mercedes?

En vías de desarrollo, México encara predicamentos diferentes. Nuestro sueño no consiste en llegar a la meta sino a nuestra meta, el quinto partido. Nadie puede acusarnos de falta de ambición porque ese anhelo limitado ha sido inconquistable.

Todo indica que esta vez los seleccionados disputarán el quinto partido en sus casas. Lastrados por escándalos de comercio sexual, derrotas emblemáticas en competencias oficiales y guiados por un entrenador que anunció su salida antes del torneo, no enfrentarán mayor desafío que explicar lo sucedido.

Surge una pregunta existencial: ¿de veras aspiran al quinto partido? Eso los volvería excepcionales y en estos lares, fallar normaliza.

El quinto partido es el equivalente futbolístico de la reconquista de Texas. Tenemos tantos deseos de llegar ahí que lograrlo parece inmerecido. En Brasil 2014 dominamos a Holanda cuando el marcador no le debía nada a nadie: 0-0. ¿Qué sucedió con el inaudito 1-0? El Piojo Herrera sacó a quien tuvo el atrevimiento de anotar y el equipo se refugió en su área como en el útero materno, zona donde pueden pasar muchas cosas, entre otras que te marquen un penal inexistente.

Anhelamos algo que en el fondo tememos obtener. Si conquistáramos esa meta tendríamos que buscar otra más alta.

Mejor apostar por héroes débiles. En México 86 el público se volteó contra el apóstata que regresaba al país como un afrentoso triunfador, Hugo Sánchez. “¡México ganó porque Hugo no jugó!”, gritó el Azteca. El ídolo era el Abuelo Cruz, de mística modestia.

Lo extraordinario nos pone nerviosos. En cambio, la derrota permite ejercer dos pasiones nacionales: la compasión (“¿qué mala cara has visto?”, le decimos al perdedor que vuelve a ser como nosotros) o el linchamiento (“qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede”).

Algún día se descifrará este melodrama. Por lo pronto, si no llegamos al quinto partido, al menos llegaremos al episodio 13 de Luis Miguel.

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