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A 30 años de su muerte

El 4 de junio de 1988 murió Carlos Pereyra Boldrini, un poco antes de aquellas elecciones que significaron un quiebre en la política mexicana y antes también del desplome de la Unión Soviética y sus satélites. Iba a cumplir 48 años. Fue, cada vez estoy más convencido, el intelectual mexicano que mejor coadyuvó a la conversión -si se quiere inacabada- de la izquierda a los códigos democráticos.
Dos de los resortes que modularon sus opiniones maduras tenían que ver con la necesidad de trascender un «obrerismo» elemental que suponía que los asalariados eran (casi en exclusiva y por un designio de la historia anclado en su «situación objetiva») los portadores del porvenir, y que la fórmula auténtica del cambio social era la Revolución, lo demás no eran más que sucedáneos insípidos, «reformistas».
En un ambiente retóricamente cargado de alusiones a la revolución por venir, la lectura de Gramsci le permitió vislumbrar otra opción de cambio. Ahí donde existían Estados complejos y más o menos consolidados pensar en el asalto al «poder» no era más que una ilusión voluntarista, ya que la construcción del futuro se jugaba en las instituciones estatales, pero también en lo que entonces apareció como una novedad, la sociedad civil. Esta última no era la fuente de la bondad y la virtud (como ahora se le piensa), sino el entramado de organizaciones en el cual había que construir la «hegemonía» de las causas enfrentadas. Se trataba de una arena de disputa política y el poder no era «una cosa» sino una relación social que había que transformar.
Contra un obrerismo curiosamente radical, Pereyra subrayó la necesidad de articular cualquier interés particular (así fuera el de la clase obrera) con un horizonte nacional. En el escenario no se enfrentaban solamente dos clases por lo que era necesario construir hegemonía haciéndose cargo de la dimensión nacional. La clase obrera no era de manera automática «el sujeto del cambio social» como tampoco un pelotón condenado a vivir atrapado en la red del sindicalismo oficialista. Era, decía, una fuerza potencial que si lograba instalar prácticas democráticas eventualmente podría rescatar su independencia y forjar una cierta presencia y proyección políticas.
Su aporte tratando de anudar proyecto socialista y compromiso democrático lo forjó en debate con por lo menos tres flancos: 1) Insistió en que los países llamados socialistas no lo eran porque habían conculcado todas las libertades, edificado un poder estatal vertical, excluyente, autoritario y sin controles y porque la estatización de los medios de producción no era sinónimo de socialismo. 2) Dio una batalla ejemplar contra aquellos que de manera casi inercial sostenían que democracia y liberalismo eran una y la misma cosa: la democracia, decía, a lo largo de diferentes períodos y circunstancias, tuvo que enfrentar los prejuicios liberales en muchos terrenos, por ejemplo, en la lucha por alcanzar el sufragio universal, fruto de los esfuerzos de los dominados, y 3) Contra las propias pulsiones de la izquierda mexicana que en el mejor de los casos consideraba a la democracia como un medio (para agitar, sumar fuerzas, para crecer) pero no como un fin en sí mismo. Por el contrario, para Pereyra la democracia debía ser una meta, un compromiso fuerte, estratégico, loable, el único capaz de ofrecer un cauce de expresión, convivencia y competencia a la diversidad política.
Por ello acuñó su célebre dictado de que la democracia para serlo debía ser política, formal, representativa y pluralista. Hoy eso parece de Perogrullo, pero en su momento esas ideas le salieron al paso a formulaciones equívocas que servían para reblandecer el compromiso con la democracia: las nociones de democracia social, sustantiva, directa o de un solo partido.
También se afanó en desmontar las pulsiones vanguardistas, estatistas y aquellas que «instrumentalizaban» a las organizaciones y movimientos sociales. En fin, abrió un campo conceptual para pensar las transformaciones políticas y sociales por una vía democrática. Y eso que hoy suena a sentido común en aquellos años no lo era.
Lo anterior tiene un aroma de pasado superado, añejo, incluso rancio, pero hay que recordar que los debates políticos invariablemente se producen en un ambiente cultural y conceptual determinado.

 

José Woldenberg
Agencia Reforma

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