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De lenguaje corporal

Muchas opiniones se han escuchado sobre el pasado debate entre los candidatos a la presidencia de la república, donde lo que se habla sobre todo es quién ganó y quien perdió, a quién le costará y a quién le beneficiará lo ocurrido el domingo pasado en el Palacio de Minería. Lo cierto es que conforme pase la euforia de dicho evento, entonces veremos con mayor certeza si de verdad el candidato de MORENA se equivocó al querer nadar de a muertito, o si en verdad la actitud de niño aplicado y buen polemista de Ricardo Anaya lo pondrán a la caza de AMLO.

No abundo más porque en realidad hasta no tener un cuadro estadístico más definido, donde las diversas empresas nos reporten el pulso que captan después de este debate, poco podremos aventurar más que subjetivas opiniones y, como ya lo he dicho, esa subjetividad nos impide ir más allá de nuestras filias y fobias por más que queramos ser objetivos.

Lo que quiero comentar, y que en realidad me preocupa es lo que el lenguaje corporal de uno de los candidatos mostró esa noche, porque sin hablar mucho, sin querer rebatir a sus adversarios y sin contestar los cuestionamientos recibidos, su lenguaje corporal gritó mucho más de lo que él pudiese decirnos.

Hablo de Andrés Manuel López Obrador, que pese a proclamarse vencedor del debate –sus corifeos y solovinos, como el llama a sus seguidores, creerán la especie—, en realidad nos pintó de cuerpo entero a un hombre iracundo, que con el cuerpo contrahecho en cada momento, la quijada apretada, la mirada de desprecio a sus competidores, y sobre todo con la soberbia necedad de ignorarlos, reafirmó la percepción de muchos –yo entre ellos— de que es un dictador en potencia, autoritario, mesiánico e intransigente.

Verlo así, además cansado, envejecido, con el gesto adusto y con el entrecejo fruncido casi todo el tiempo, sólo nos mostró que estaba incómodo, fuera de lugar, pero no sólo porque no comulgara con la democrática propuesta de debatir –no lo hace—, sino porque se siente superior a los demás, paladín del pueblo bueno que habrá de acabar con el pueblo malo que no lo entiende, que no lo apoya, que no le cree tanta generosa bonhomía, tanto fervor justiciero y tanto evangélico amor.

Él, armado con una encuesta del Grupo Reforma, diario al que a veces descalifica y ofende, y luego ensalza y reconoce –según los vientos que la estadística de sus encuestas soplen— se hizo presente como el señor a los discípulos rebeldes, para decirles, siempre con el gesto adusto y su lenguaje corporal, que él es el Salvador, el Mesía, el infalible, el honrado mil veces, tan mesías y tan honrado que el mismísimo Papa Francisco habrá de venir a asesorarlo, siempre en bien del pueblo bueno.

Y aunque puedo decir +que hasta allí no había nada nuevo, porque no era necesario que López Obrador abriera la boca para decirnos quién y cómo es, me aterró, de manera literal, la respuesta corporal cuando uno de los periodistas moderadores le preguntó si en caso de perder la elección aceptaría haber sido derrotado –transcurrían una hora y cincuenta minutos de la transmisión, aproximadamente— y, antes de que su boca pronunciara un “por supuesto que sí”, su gesto se endureció y su cabeza nos dijo un contundente ¡NO!, incluso mientras respondía que sí.

Hay gestos y hay un lenguaje que el cuerpo transmite, inequívoco y mucho más sincero que lo que dice la boca, a veces nos traiciona y casi siempre nos pinta de cuerpo entero, y en esta ocasión, en este debate, el cuerpo de Andrés Manuel López Obrador nos dijo quién es, tan mesiánico, absolutista, terco, radical y retrógrado como siempre lo ha sido.

Si llegase a ganar, nadie puede llamarse a sorpresa, nadie podrá luego decir que se equivocó porque no vio venir el tipo de persona por la que votaba. AMLO pudo decir o dejar de decir muchas cosas. Su lenguaje corporal, ese sí, fue sincero hasta el hartazgo.

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