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De vuelta a los diamantes

Mientras los atletas mexicanos se esfuerzan en vano por conquistar el oro en Río, una artista estadunidense nos hizo el extraño favor de convertir al más célebre de nuestros arquitectos en un diamante. Las joyas no dependen de la voluntad nacional.
La semana pasada publiqué un artículo sobre la pieza The Proposal que la artista Jill Magid creó con una parte de las cenizas de Luis Barragán. El asunto era casi desconocido y, en beneficio del sentido común, varios lectores pensaron que se trataba de un cuento o de un montaje de arte conceptual. Marco Islas Espinosa escribió con acierto en Máspormás que la historia era digna del realismo mágico.
Una semana después, con información obtenida por medios de Guadalajara, podemos complementar el reportaje que Alice Gregory publicó en la revista New Yorker, El arquitecto que se convirtió en un diamante. Concentrada en los protagonistas de esta aventura de arte y necrofilia, la periodista dejó a un lado un fundamental hecho político: ¿cómo fue posible que los restos de un jalisciense ilustre se exhumaran en sigilo?
Todo indica que los héroes de la patria tienen un destino similar al de los deportistas olímpicos: se les abandera con entusiasmo y se les abandona a su suerte. Hay protocolos para ser hijo ilustre, pero no para conservar una morada póstuma. En febrero de 2002, el decreto 19462 del Congreso de Jalisco hizo que las cenizas de Luis Barragán Morfín se trasladaran del Panteón de Mezquitán a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, y se abandonaron a los designios del azar y de algún pariente. Ya en su sitial de honor, los ilustres quedan huérfanos.
Hugo Barragán Hermosillo, sobrino del arquitecto, autorizó la exhumación. ¿Tenía facultades para ello? Otros parientes, como Hugo Barragán de la Torre, lo impugnan. Más allá de esta disputa, surge una interrogante jurídica: ¿un familiar puede sustraer de la rotonda a una figura que llega ahí por decreto oficial?
De manera involuntaria, el proyecto de Magid fue un experimento sobre la falta de control de nuestro patrimonio. La artista se entrevistó en 2014 con Myriam Vachez Plagnol, secretaria de Cultura de Jalisco. El asunto era de suficiente magnitud para iniciar un debate y acudir a expertos cercanos a Barragán, como los arquitectos Andrés Casillas y Fernando González Gortázar. En vez de hacer una consulta pública, la funcionaria turnó el caso al Ayuntamiento de Guadalajara, y éste al Congreso de Jalisco, donde llegó al escritorio del presidente de la Comisión de Cultura, el diputado Julio Nelson García, del PRI. El tema fue devuelto a la Secretaría de Cultura, argumentando que el Congreso no tenía facultades para decidir. Barragán Hermosillo solicitó al ayuntamiento autorización para exhumar “momentáneamente” los restos. El adverbio resulta curioso, pues en ese rato al aire libre las cenizas serían disminuidas; el “momento” implicaba una alteración. Prosiguieron las cartas hasta que se resolvió que, como el Congreso no podía decidir, el ayuntamiento pediría a la secretaría apoyo “para dar respuesta al trámite realizado por la familia”.
En apariencia, un notario estuvo presente en la rotonda, pero no hay constancia de ello en el Colegio de Notarios, según informó Nivia Cervantes, de El Diario NTR.
Como una metáfora del ejercicio de la ley en México, la autorización no dependió de nadie en concreto. El resultado de esta densa burocracia fue que un arquitecto conocido por la pureza de sus formas se transformó en una alhaja. Magid lo hizo para intercambiar el anillo de diamante por el archivo del arquitecto, que se encuentra en Suiza, pero su propuesta fue rechazada. Si además anhelaba un turbio protagonismo en los medios, lo tendrá hasta que exhiba The Proposal en el Art Institute de San Francisco, en septiembre de este año.
Diego Petersen afirmó en El Informador que los restos físicos de Barragán son menos importantes que su memoria. Tiene razón. Si el gobierno de Jalisco no se interesó en las frívolas consecuencias de hacer una joya con un artista, el New Yorker tampoco se interesó en la conducta del gobierno de Jalisco. Alice Gregory escribió una atractiva crónica de glamour y perversión artística.
Los periodistas de Guadalajara han pasado del diamante a las opacas cenizas de la administración pública.

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