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Desmañanadas

Don Gorgonio, severo genitor, se preocupó al ver que su hija Filomela no subía a su cuarto, aunque el reloj marcaba ya las 11 de la noche. Por el vano de la escalera le preguntó en voz alta: “¿Está tu novio ahí?”. “No papá -respondió la muchacha-, pero ya va llegando”. Doña Macalota fue a cenar en restorán con su consorte don Chinguetas. En una mesa del rincón estaba un individuo bebiendo solitariamente. Doña Macalota le dijo a su marido: “¿Ves a ese hombre? Cuando éramos jóvenes me propuso matrimonio y lo  rechacé. Desde entonces no ha dejado de beber”. “¡Caramba! -se asombró don Chinguetas-. ¿Todo este tiempo ha estado festejando?”. Una pareja iba de la mano por el centro comercial, y él se inclinaba a cada paso para darle un beso a ella. Afrodisio le comentó a su amigo Libidiano: “Esa mujer es mi novia”. “¿Tu novia? -exclamó Libidiano-. ¿Y por qué permites que ese hombre la bese?”. “¿Qué quieres que haga? -suspiró con tristeza Afrodisio-. Es su esposa”. En estas últimas semanas me he visto en la penosa necesidad de suspender mis orientaciones a la República a fin de orientar al Gobierno de la República, así de numerosos y nocivos han sido sus yerros y dislates, despropósitos y disparates. Este día le ofrezco a AMLO una valiosa sugerencia. Antes de él los presidentes de México eran prácticamente inaccesibles. Sólo unos cuantos miembros de su corte podían acercarse a ellos. Tan lejos de la gente estaban que al Presidente se le llamaba “el solitario de Palacio”. Casi no hablaban esos altísimos tlatoanis. A don Lázaro Cárdenas se le llegó a apodar “la esfinge de Jiquilpan”, por su sistemático silencio. Aún es recordada la circunspección de Ruiz Cortines, quien se ponía el sombrero junto al pecho para que nadie se atreviera a abrazarlo. Díaz Ordaz cuidaba cada una de sus palabras y por lo común leía sus declaraciones: la investidura presidencial, dijo una vez, le impedía exponerse a los riesgos de la improvisación. Pero he aquí que los mexicanos somos pendulares. De un extremo solemos ir al otro. Ahora tenemos un presidente gárrulo, facundo, que casi cotidianamente da conferencias de prensa en cada una de las cuales, a pesar de la extrema lentitud de sus palabras, hace un buen número de declaraciones, sin mengua de las que hará en el resto de la jornada laboral, y responde a bote pronto preguntas de los reporteros acerca de todos los temas habidos y por haber, y sobre algunos otros más. Esas frecuentes apariciones son riesgosas. Aquél que cita a los periodistas a las 6 de la mañana debe darles una noticia de importancia, de otra manera no se justifica la desmañanada. Si haces que alguien abandone el lecho a las 4 ó 5 de la madrugada, y maneje por esas calles de Dios cuando todavía está oscuro, tienes que decirle algo aunque no tengas nada qué decirle. Eso, tratándose de un Presidente, no deja de ser aventurado. Una conferencia de prensa a la semana sería más que suficiente, y ya de por sí es mucho. La prudente dosificación que sugiero haría que AMLO pudiera dormir un poco más para bien de la Nación -ya se le empiezan a notar los estragos de tantas levantadas a deshoras-, y no sometería a los sufridos representantes de la opinión pública a la ingrata tortura de salir de su casa cuando aún no sale el pan de las panaderías. Levántese más tarde, señor Presidente. La Patria se lo agradecerá. Noche de bodas. El enamorado novio le preguntó a su dulcinea: “¿De quién son esos ojos divinos?”. “Tuyos, mi amor”.  “¿Y esa boquita preciosa?”. “Tuya, mi amor”. “¿Y ese cuello de gacela?”. “Tuyo, mi amor”. “¿Y esas maravillosas pompis?”. “Ésas son de Pedro, José, Antonio, Juan, Roberto, Alfonso, Manuel, Gerardo, Luis.”. FIN.

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