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Don Algón

Asomémonos discretamente a la recámara de don Algón, salaz ejecutivo. Lo que veremos seguramente nos sorprenderá: está en su lecho acompañado por la mucama, la cocinera, la planchadora y la lavandera, mujeres guapas ellas, en flor de edad y de exuberantes prendas físicas. Las cuatro se hallan en traje de natura, quiero decir sin ropa, y todas le brindan al señor cálidos besos e ignívomas caricias. Oigamos ahora decir a don Algón con una gran sonrisa: “¡Y pensar que mi esposa me dijo cuando salió de viaje que le preocupaba mucho que no pudiera yo manejar a la servidumbre!”. Ya conocemos a Capronio, sujeto ruin y desconsiderado. Su señora suegra acudió a un laboratorio especializado en detectar sustancias tóxicas y le dijo al encargado: “Quiero que me analicen este pastel. Es un regalo de mi yerno”. Don Languidio Pitocáido le habló con rencoroso acento a su entrepierna. “Hoy cumplo 80 años -le expresó-. Mi cerebro cumple igualmente 80 años, lo mismo que mi corazón. ¡Y tú también estarías cumpliendo esa edad, desgraciada, si no te hubieras muerto hace 20 años!”. Aquel preso político dictó una conmovedora conferencia en la que habló de las penalidades que sufrió en la cárcel por causa de sus ideas. “Yo también fui presa política -le comentó una linda chica a su vecina de asiento-. Un diputado me retuvo en su departamento todo un fin de semana”. Don Martiriano, el sufrido consorte de doña Jodoncia, fue a una tienda de ropa para caballero y le pidió al encargado que le enseñara un traje. El hombre advirtió la cortedad y timidez del cliente y le mostró uno que nadie había querido comprar: llevaba ya tres años en la tienda. El traje era café tirando a amarillo con rayas azules y cuadros verdes y morados. Lo vio don Martiriano y dijo: “Si me pongo este traje mi esposa no va a querer salir conmigo. ¡Me lo llevo!”. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le propuso a Bustolina Grandchichier, joven mujer de ubérrimos atributos pectorales: “¿Qué te parece si jugamos a la granja?”. Preguntó ella: “¿Cómo se juega a eso?”. Respondió el lascivo sujeto: “Yo era un becerrito hambriento y tú una vaquita con un gran instinto maternal”. Don Chinguetas y doña Macalota estrenaban casa. Una mañana ella llegó y sorprendió a su casquivano marido en brazos de una estupenda rubia. Antes de que la atónita señora pudiera articular palabra manifestó don Chinguetas: “Tú tienes tus ideas para redecorar la casa, y yo tengo las mías”… Un hombrecito enteco y escuchimizado encaró en la cantina a un tipo que bebía en su mesa. Le dijo: “Sé que tiene usted amores con Mesalina Pompisdá”. Contestó el individuo, desafiante: “Sí ¿y qué?”. Replicó el petiso: “Es mi esposa. Yo soy el marido ofendido”. Se puso en pie el sujeto. Medía 2 metros de estatura; tenía los brazos como postes y las manos como mazo de herrador. Ponderó la situación el marido ofendido y añadió luego: “Bueno, no tan ofendido”. La esposa de Babalucas dio a luz su cuarto hijo. El badulaque le comunicó: “A partir de hoy nos abstendremos de hacer el amor”. “¿Por qué?” -preguntó la señora. Explicó Babalucas: “Leí que uno de cada cinco niños que nacen en el mundo es chino, y nosotros ya tenemos cuatro”. Un tipo le dijo a otro:”Estoy muy molesto con mi esposa. Me presentó a su psiquiatra”. Preguntó el otro: “¿Y por eso estás molesto? ¿Porque te presentó a su psiquiatra?”. “No por eso -precisó el tipo-, sino por la forma en que me lo presentó. Le dijo: ‘Doctor, le presento a mi marido. Usted sabe, uno de los hombres que hay en mi vida de los que le he estado hablando’”. FIN.

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