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El escape del Marro

Tras un trabajo de meses, un grupo de inteligencia de la Marina, con apoyo de la Policía Estatal de Guanajuato, logró tender un cerco tecnológico alrededor del líder del Cártel de Santa Rosa, José Antonio Yepez Ortiz, el Marro.

La organización criminal de el Marro, dedicada fundamentalmente al robo de hidrocarburos, había impuesto su presencia, en poco tiempo, en 26 de los 46 municipios del estado. Su cártel manejaba el robo de entre 40 y 50 pipas diarias, que salían sin facturar de la refinería de Salamanca, y le arrojaban una ganancia de entre 20 y 30 millones de pesos diarios, según cálculos del gobierno estatal.

El 5 de enero de 2019 comenzó el desabasto de gasolina ocasionado por la orden de Andrés Manuel López Obrador de dejar de importarla, y buenos y malos se quedaron sin combustible: se cerraron los ductos, comenzaron las filas de hasta 20 horas para obtener unas gotas.

Ese mes, todos los índices se movieron hacia arriba. Se disparó en el estado el robo de vehículos —90 camionetas de lujo solo en Celaya—, el asalto a peatones y negocios, el robo de cajeros automáticos y camionetas de valores.

En Guanajuato había una guerra entre la organización del Marro y el Cártel Jalisco Nueva Generación. La había ocasionado el asesinato de un sobrino del Mencho, líder de este último grupo, en un Italian Coffee de Irapuato. El Mencho intentaba meterse en los municipios del “Marro” —por los que pasan ocho ductos de Pemex.

A raíz del desabasto de gasolina, los grupos movieron sus territorios y la violencia arreció. el Marro desató como nunca antes otras líneas de negocio: la extorsión y el secuestro.

La Marina detectó que se movía entre los municipios de Villagrán, Celaya y Juventino Rosas, y tenía su cuartel precisamente en Santa Rosa de Lima, un sitio en el que desde hacía mucho tiempo ninguna autoridad se atrevía a entrar.

Se realizaron dos intentos de ingresar al poblado. La base social de el Marro —2 mil 500 pesos a la semana— impidió el arribo de las fuerzas federales, bloqueando las tres entradas del pueblo. Por medio de drones, se detectó que, cada que venía un aviso de que se acercaban las autoridades, el Marro salía a bordo de una cuatrimoto, por un estrecho camino que quedaba libre.

El operativo del 3 de marzo de este año, en el que participaron mil elementos federales y estatales, se planeó con el fin de que el líder criminal intentara huir por el camino de siempre. De acuerdo con fuentes de inteligencia, días antes del operativo, el gobierno federal ordenó que la Fiscalía General de la República y la Gendarmería tomaran parte en las acciones. Los domicilios que aquella noche serían cateados se repartieron: nueve para la Marina y la Policía Estatal, nueve para la FGR.

El asalto a Santa Rosa empezó a las doce de la noche. Más de 500 civiles, armados con piedras, palos y bombas molotov, aguardaban a los elementos. Se habían abierto zanjas, se incendiaron llantas, se quemaron vehículos. Niños y mujeres fueron empleados como escudo. La batalla campal duró cuatro horas. En la casa donde se había detectado que estaba el Marro, el Marro no estaba. Lo buscaron en 25 domicilios. Hallaron armas, coches robados. Aprehendieron a varios operadores —uno de ellos un policía federal activo—, así como halcones y sicarios.

Pero el Marro no estaba.

En el teléfono de uno de los detenidos, un expolicía de Celaya apodado el Hulk, se hallaba la lista de los domicilios que la Marina le había entregado a la FGR. La pista del Marro se perdió. Y la Marina fue sacada de Guanajuato.

El líder criminal fue ubicado por última vez en las cercanías de Rincón de Centeno. Ahí lo situó una intervención telefónica conseguida por las autoridades. Un familiar insistía en que el Marro “se recogiera para la casa” (“Aquí estamos al pendiente todos… aquí estamos todos afuera”, decía), pero este se negó: “No, yo no voy para allá. Allá estaban los gendarmes, ahí en la Virgen…”.

Se sabe que el líder del Cártel de Santa Rosa tiene que dormir muchas veces a cielo abierto, en parajes boscosos de la sierra. Su pugna con el cártel Jalisco alcanza, mientras tanto, niveles de violencia nunca vistos en el estado.

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