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Las cotorras

Al paso de aquellos enormes carromatos, en verdad temblaba la tierra y se cimbraban puertas y ventanas, inclusive era frecuente que perros callejeros y parvadas de aves, huyeran, asustados por el infernal ruido que producía su motor y las cadenas que operaban la tracción de los ejes que enviaban la fuerza para la rotación de las llantas traseras; eran lentos, pero siempre firmes en su marcha por las calles de Pachuca.
Se trataba de una flotilla de camiones Mack modelo 1917, adquiridos por los gobiernos inglés y norteamericano para movilizar a sus tropas en el campo de batalla, durante los últimos años de la Primera Guerra Mundial. Al término de aquella conflagración, fueron rematados a diversas empresas estadunidenses, entre ellas, la American Smelting and Refining Mining Company que trabajaba los fundos de la comarca Pachuca-Real del Monte, a donde llegaron hacia 1920.
La fábrica de aquellos vehículos, fundada en Nueva York en 1900 por John M. Mack y sus hermanos Augustus y William, se significó por la producción de camiones de gran resistencia y tracción, superiores a los producidos por otras firmas, por ello la empresa minera que operaba en la comarca, decidió adquirirlos, a efecto de que treparan por las empinadas callejas de Pachuca y desde luego subieran y bajaran a Real del Monte.
Su paso por las calles de la capital hidalguense, era habitual para transportar pesados enseres mineros, llevados de los centros de trabajo a la “Maestranza”, sitio donde se fabricaban refacciones y otras piezas para dar mantenimiento a los equipos ocupados en las haciendas de beneficio y en las minas. Circulaban también equipados con pipas, que distribuían agua potable a las casas de los empleados y de algunos barrios ocupados por trabajadores de la empresa, finalmente ocupaban las calles cuando conducían la pasta que como lastre del beneficio de cianuración se llevaba a los llamados “jales” del oriente de Pachuca.
Debido al color verde con el que estaban pintados, pero sobre todo la imagen de su frente, los pachuqueños les bautizaron como “Cotorras”. Su historia de poco más de 70 años en uso constante, se debió al ingenio de los técnicos de la Compañía, quienes lograron no sólo darles mantenimiento, sino aún más, modificar y modernizar su motor, su trasmisión y otras partes mecánicas y eléctricas, ello merced a la versatilidad e ingenio de quienes laboraban en los talleres de la “Maestranza”.
Algo verdaderamente digno de ser catalogado como hazaña en el terreno del transporte terrestre, era el hecho de que aquellos vehículos, continuaban trasportando toneladas de utensilios mineros a Real del Monte hasta por ahí de 1985, lo que hacían a buen tren de velocidad, independientemente de que el descenso lo hacían sin contratiempos mediante la utilización del freno de motor, debe agregarse también que eran pocos los conductores que se arriesgaban a manejarlos adecuadamente, debido al uso de las palancas de mano para freno y clutch.
A lo largo de su vida productiva, los percances ocasionados por aquellos carromatos, fueron realmente ocasionales, tal vez por la lentitud con la que marchaban o bien por la gran responsabilidad de sus conductores, su hoja de multas bien puede decirse que se mantuvo en el mínimo de faltas en todo ese tiempo. Su último emplacamiento se hizo para el bienio 1991-1993.
Por allí de 1980, vino a Pachuca uno de los descendientes de William Mack, fundador de la empresa en Estados Unidos, ochenta años atrás, fue tal su admiración, que solicitó al director de la empresa, Enrique Ibarra Iriondo, le permitiera comprar uno de ellos, para instalarlo en el acceso a la planta a la fábrica Mack, como monumento a la fortaleza y reciedumbre con la que fueron construidos. Ibarra no vendió, sino regaló uno de los doce que aún estaban en operación e hizo un especial reconocimiento a la capacidad de los trabajadores de la “Maestranza”.
Les recuerdo aún, lentos y escandalosos, circular por las calles de Guerrero o Matamoros, por mi calle, la de Cuauhtémoc, hasta llegar al portón de Maestranza cuyo interior estaba adaptado para que maniobraran con libertad, había inclusive andenes apropiados a su altura, para facilitar las operaciones de carga y descarga. Imborrable en mi memoria, fue aquella “cotorra” transformada en pipa, que se detenía muy cerca de mi casa en la primera de Cuauhtémoc, en el domicilio del contador Eduardo Martínez, funcionario de la Compañía, quien tenía derecho a recibir dos cubos de aquella límpida y exquisita agua potable de mina. Los vecinos al percatarse de la llegada de la escandalosa pipa, acudían prestos, llevando una moneda de cobre de 20 centavos, que se entregaba al despachador para que les surtiera de agua, con lo que “arriesgaban la chamba”, dado que les estaba prohibido entregar el preciado líquido a quienes no fueran empleados de la empresa.
Si usted quiere conocer aquellos vehículos, en el Museo de Minería de las calles de Mina de esta ciudad, se exhibe una de las últimas “cotorras” además de otros vehículos tales como grúas, góndolas, etcétera, que formaron parte no solo de la vida al interior de las minas y haciendas de beneficio, sino de la ciudad misma, esa que a lo largo de 450 años vivió ligada a la minería.

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