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Pocas veces

Pocas veces, Armando, he vivido tan intensamente como cuando representé el papel de muerto. No lo hice en el teatro, sino en la vida. Tú sabes que en tiempos de la juventud fui actor. Viví la magia que consiste en dejar de ser tú mismo por una hora para ser otro ser, otra persona. A veces pienso que habría sido feliz como histrión de carpa, ésos que iban de pueblo en pueblo haciendo el Tenorio (“con todos los trucos que requiere la obra”, anunciaría el programa), “El mártir del Calvario”, o culebrones como “Mancha que limpia” o “La virtud del pecado”. En vez de eso degeneré en hombre serio, que así se llaman los que están hechos en serie. Qué lástima. Tuve cargos, vale decir cargas, en vez de soñar sueños. En fin, así es la vida. O en fin, así no es la vida. Te diré cómo fue que tu tío Felipe, o sea yo, hizo el papel de difunto. Sucedió que mi mamá tuvo una amiga que al parecer fue una belleza. Se casó con un hombre que vino de otra parte, y se fue con él de la ciudad. Al paso de los años enviudó -no tuvo hijos- y regresó a la casa que había sido de sus padres. Un día fue a visitar a mi mamá y me vio, muchacho yo de 18 años. Noté en su rostro una expresión extraña. “¿No crees -le preguntó a mi madre- que tiene un cierto parecido con Fernando?”. Fernando se había llamado su marido. Una tarde, casi ya noche, pasé frente a su casa. Estaba ella en la puerta, como esperando a alguien. Me vio y me dijo sencillamente: “Entra”. Traía yo saco. En la penumbra de la sala me lo quitó y me preguntó cariñosamente: “¿Cómo te fue?”. Y luego: “Ven, siéntate, descansa”. Me trajo una copita de jerez. “Voy a calentar la cena”. Yo no sabía qué hacer. No entendía lo que estaba sucediendo. A poco oí su voz: “Ya está”. Fui al comedor. Sin decir nada me sirvió un plato de pasta y puso frente a mí una copa de vino. Ella cenó también mientras hablaba de las cosas del día: que si había pagado el recibo de la luz; que si recibió carta de su prima. Acabada la cena se puso en pie. Hice lo mismo. Vino hacia mí, sonriendo, y me abrazó. Me acarició la cabeza en la parte de la nunca, como para excitarme, y me preguntó al oído, mimosa: “¿Tienes ganas, mi amor?”. No respondí, claro; así de nervioso estaba. Musitó: “Vamos”. Me llevó a la alcoba. Ya había oscurecido. No encendió la luz. Me besó primero con suavidad, después apasionadamente. Me desvistió, y sentí que se desvestía también. Recorrió mi cuerpo con sabiduría. Luego se acostó y me atrajo hacia ella. Hice lo que mis 18 años me dijeron que debía hacer. Y lo hice apasionadamente. De pronto me dijo respirando con agitación: “¡Así, Fernando! ¡Así!”. Entonces me expliqué todo. La señora estaba viviendo lo que con su esposo había vivido. Mi semejanza con él la llevó a actuar esa fantasía. Desde esa vez muchas otras dejé de ser Felipe para ser Fernando. Esperaba que oscureciera para que los vecinos no me vieran entrar en la casa, y luego hacía el papel del marido muerto. Le hablaba a su mujer como suponía que él le hablaba. Y ella, siempre, en los momentos del amor: “¡Así, Fernando! ¡Así!”. Una noche acabó todo. Habíamos bebido más que de costumbre; una botella y media. El amor esa vez fue más ardiente que nunca. De pronto ella me dijo: “¡Así, Felipe! ¡Así!”. No había acabado de decirlo cuando me separó de sí violentamente. “¡Vete! -me ordenó con un gemido-. ¡Sal de aquí!”. Me vestí en la oscuridad. Oí que ella lloraba. Al retirarme la escuché decir con voz muy queda: “Perdóname, Fernando”. La noche siguiente, y otras más, intenté verla, hablar con ella, despedirme. No volvió a abrir la puerta. Ésa es la historia, Armando. Todavía no acabo de entenderla. FIN.

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