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Por callar, la sociedad avaló de alguna manera a El Chapo

Indudablemente posee una gran inteligencia. Solo estudió hasta el tercer año de primaria. Tal vez, si hubiera nacido en un país de oportunidades o en el seno de una familia pudiente, se hubiera distinguido al realizar alguna actividad legal.

Para operar libremente corrompió a muchos funcionarios, probablemente a algunos secretarios de Estado y hasta a uno o dos presidentes de la república.

Se escapó dos veces de cárceles de alta seguridad. Para lograrlo supuestamente sobornó a los responsables de mantenerlo bien encerrado.

También corrompió a muchos hombres de negocios y empresas que se prestaron a lavar su dinero. Una corte de Nueva York documentó hace unos años que los bancos Bank of America, HSBC, JP Morgan y Wells Fargo lo ayudaron a lavar parte de su dinero sucio. Y esto es solo lo que pudo demostrarse. No es difícil imaginar todo lo que las autoridades no detectaron ni pudieron demostrar.

Fue uno de los criminales más poderosos del mundo mientras estuvo libre. Se estima que los ingresos anuales de su organización en 2015 fueron de entre 3 mil y 39 mil millones de dólares.

Fue poderoso pero siempre será recordado como un hombre cruel y despiadado, como demostró serlo desde que inició su carrera delincuencial hace poco más de cuatro décadas, cuando a los 20 años se unió al Cártel de Guadalajara.

De acuerdo con las autoridades y con quienes han estudiado detenidamente su carrera criminal, asesinó personalmente a varias personas, generalmente disparándoles en la cabeza, a veces torturándolos con saña antes de privarlos de la vida; también ordenó que mataran entre 3 mil y 5 mil individuos.

Sus guerras contra otras organizaciones criminales causaron miles de muertos y solo la que su Cártel de Sinaloa sostuvo contra el Cártel de Juárez dejó entre 5 mil y 12 mil cadáveres. Las drogas que vendió alrededor del mundo contribuyeron a que miles murieran a causa de una sobredosis.

Lo que a nuestra economía le han costado personas como él y otros es incalculable y los recursos económicos, materiales y humanos que se han utilizado para combatirlos, pudieron haberse usado para beneficiar más a la sociedad.

En pocas palabras, Joaquín el Chapo Guzmán Loera no es una buena persona, sino la encarnación del mal.

Y por ser encontrado culpable de algunos de sus delitos, ayer fue sentenciado por un juez federal estadounidense a pasar el resto de su vida en una cárcel de alta seguridad. La sentencia que se le impuso es de cadena perpetua más 30 años. También perdió sus derechos sobre una fortuna que se calcula en 12 mil 600 millones de dólares que supuestamente obtuvo por la venta de drogas en Estados Unidos. Ahora solo falta que las autoridades mexicanas y estadounidenses localicen ese dinero.

Lo más triste de la situación es que en México pocas personas repudiaron públicamente las fechorías de el Chapo como ahora miles se manifiestan en contra de las decisiones del presidente de la República.

Criticar al presidente es un derecho y qué bueno que muchos lo ejerzan sin temor alguno. Lo reprobable es que gran parte de la sociedad, por callar, avale de alguna manera las acciones de un delincuente, tal como ocurrió con el caso de el Chapo, y sigue ocurriendo, tratándose de otros criminales.

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