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Por sus pantalones

Tapado como si fuera al Popo, con chamarra, guantes, bufanda y doble cobija, Lázaro abordó su cochecito y resignado se fue a formar a la gasolinera.

El medidor del combustible ya estaba en la reserva, así que Lázaro no tuvo más remedio que aguantar el tremendo frío de la noche, de casi dos grados, y echándole valor y huevos se marchó hacia la estación de servicio a la  que, según los anuncios del WhatsApp, estaba por llegar la pipa.

Cuando llegó a la gasolinera que recomendaban las redes sociales, desilusionado observó la fila de vehículos de más de tres kilómetros y, aunque tuvo ganas de desistir e irse a su casa, la necesidad de tener combustible para acudir a su trabajo lo convenció de quedarse. Total, si decían que ya iban a cargar combustible, seguramente en una hora o máximo dos ya estaría en su casa y en su cama calientito. ¡¡¡Error!!!

El llegar al final de la fila solo era el principio de su pesadilla esa noche fría.

Conforme pasaban las horas, la temperatura descendía  aún más y la desesperación de todos los ilusos de la gigantesca fila, que esperaban salir rápido de ahí, aumentaba.

Encerrado en el auto, Lorenzo repasaba en su mente y nada que le recordara que alguna vez tuviera que dormir afuera de una gasolinera en espera de cargar combustible.

Bueno, ni durante el gasolinazo se presentó tal desabasto.

Avanzaba la noche y la pinche pipa no llegaba, y en las noticias de la radio Lorenzo escuchaba que por el desabasto la economía se  había desplomado.

¿Era una broma? se preguntaba don Lorenzo.

Cómo se iba a desplomar la economía si en la fila que esperaba que llegara el combustible había cuando menos unos 600 vehículos que iban a pagar el litro de combustible un peso más caro. ¡Dónde chingados estaba el desplome de la economía, si la venta del combustible, cuando llegara la pipa,  les iba a representar a los dueños de la gasolina y a Pemex mismo una entrada, en menos de cuatro horas,  de casi 200 mil pesos!

A eso de las tres de la madrugada, entre la fila comenzaron a circular los vendedores de café, taquitos, tortas, pan de dulce y los infaltables tamales con  atole.

La economía no se detenía. Ahí en plena madrugada, con un chingo de frío, estaban los eternos vendedores de lo que se pudiera vender.

Las horas pasaban y nada que llegaba la pipa. Amaneció y nada. Lorenzo escuchó la declaración mañanera del presidente,  que el pueblo  aguantara, que por sus pantalones iba a acabar con los huachicoleros, sin tocar por supuesto a Romero Deschamps, él no era culpable de nada.

Lorenzo se encogió de hombros y solo se limitó a pensar: ¡qué poca madre, como este cabrón no se tuvo que chingar más de 18 horas formado para que al final solo le vendieran 300 pesos de gasolina! ¡Qué huevos!

 

Palabras más, palabras menos

Qué curioso. El buen ejemplo de respeto y amabilidad de los funcionarios hacia los trabajadores parece que no llega a ciertos colaboradores de la radio de Hidalgo.

Haciendo gala de prepotencia y mala educación, porque no se puede calificar de otra forma, una conductora de radio, considerada casi la estrella de la programación matutina, tuvo la ocurrencia de hacer un berrinche durante la transmisión de su espacio y, cuando el operador le daba la señal para que comenzara a hablar, por sus pantalones no abrió su boquita poniendo en serios apuros al operador, que tuvo que recurrir a poner música. Lo grave es que después de sus desplantes culpó de la situación al operador, un hombre responsable con un salario raquítico, y pidió que lo cambiaran. Vaya,  ni Adela Micha o Fernanda Familiar tienen esos arrebatos.

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