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Un mito y porras contra la inseguridad

En el discurso, la Guardia Nacional se convirtió en la solución mágica a la que se han aferrado la administración federal y los gobiernos estatales.
Ya va a venir la Guardia y cambiará todo, se asegura.
Los gobernadores de estados en los que la violencia está fuera de control aún repiten que van a pedir que les ayude la Guardia Nacional.
Se ha vuelto un mito, un anhelo desesperado frente al incremento de la inseguridad.
Las cifras oficiales y de organizaciones civiles coinciden en mostrarlo, las imágenes desgarradoras de cada semana lo acentúan y el miedo de la sociedad, más que fundado por lo que ve y enfrenta a diario, lo sella: la violencia va al alza
en el país.
No es una batalla política ni de percepciones. Es simplemente la realidad. Negarla desde la autoridad no la va a desaparecer, pero sí dificultará modificarla para bien.
De los lemas de campaña “abrazos, no balazos”, “becarios sí, sicarios no” y el rechazo a la militarización del combate a la delincuencia se pasó al diseño de un modelo que profundizaba la participación castrense, con una fachada civil que está por verse si es creíble.
Al comenzar a construirse, el gobierno federal, acorralado por la amenaza arancelaria de Estados Unidos, decidió que la primera y más importante misión de la Guardia Nacional, con la que se estrena y será medida su efectividad, no tiene que ver con su propósito inicial y central de bajar la inseguridad, sino que será desviada a contener el flujo migratorio desde la frontera sur del país, por un compromiso con Estados Unidos.
De los principios de no intervención, no militarización y sí migración que enarboló históricamente el movimiento político que hoy está en el poder, ya no quedan ni las cenizas.
Pero lo cierto es que hoy por hoy la Guardia Nacional no existe. Lo que hay es un despliegue de soldados y marinos, acompañados de elementos de una desmantelada Policía Federal.
Si la promesa era un cambio inmediato, luego en seis meses y después en tres años, hoy mejor ya ni ponerle plazo.
El mito se desmorona. La inseguridad crece. Y desde la mañanera se cree que la exigencia de una sociedad con miedo es pura grilla de colores partidistas.
La Ciudad de México dio un primer paso que indica el entendimiento de que no es así, al cambiar mandos de su estructura policiaca y de investigación. No es poca paradoja que hayan llamado a un policía estrella del sexenio de Peña Nieto para salvar la causa. Quizá otros gobiernos deben seguir el ejemplo de la capital, pragmática en tratar de dar resultados con sus propios medios frente a la crisis que
le estalla.
Porque la Guardia aún no existe. Y si su mando era confuso de origen, hoy lo es más con las nuevas tareas.
Las imágenes de familias acribilladas en una fiesta en Minatitlán, de líderes de comerciantes baleados en la plaza de armas de Cuernavaca o de un bebé agonizante junto a su madre muerta en una calle de Tlalpan no desaparecerán con invocaciones a mitos ni con porras partidistas en un mitin.

SACIAMORBOS.
Lo perdió todo en un año. En su carrera literaria, su trabajo profesional y su vida privada. Está por volver con un libro que analiza sus propias culpas, pero que también contiene una denuncia del uso del espionaje desde el Estado para destruir adversarios.

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