El problema no es que la gente no quiera disfrutar del arte. El problema es que no tiene tiempo para encontrarse con él. Y ese no-tiempo no es un accidente: es una condición estructural

El problema no es que la gente no quiera disfrutar del arte. El problema es que no tiene tiempo para encontrarse con él. Y ese no-tiempo no es un accidente: es una condición estructural.
En México, según el Inegi, la población ocupada trabaja más de 48 horas semanales en promedio, una de las cifras más altas de la OCDE. Si a eso se suman traslados que en muchas ciudades superan las dos horas diarias, lo que queda no es tiempo libre, sino fatiga administrada. Pensemos en dos personas. Una sale de casa a las seis de la mañana, encadena transporte, jornada y regreso, y llega de noche con el cuerpo apenas disponible para sostener el día siguiente. La otra organiza su tiempo, trabaja por proyectos y puede decidir cuándo desplazarse y cuándo detenerse. No es solo una diferencia de ingresos: es una diferencia en la posesión del tiempo. Uno sobrevive en él; el otro lo gestiona.
En ese margen desigual, el arte no desaparece: es desplazado. Y, sin embargo, el sistema artístico persevera en una ficción cada vez más insostenible: la de un espectador disponible, como si el país no estuviera exhausto o como si ese agotamiento no fuera su condición ordinaria. Programaciones nocturnas, circuitos centralizados, formatos que exigen atención prolongada: el arte sigue organizado para quien puede llegar, es decir, para los privilegiados.
Hay países donde esta tensión fue, al menos, reconocida. En Francia o Alemania, el tiempo libre fue concebido como un campo de intervención pública vinculado a la formación estética, escolar y a la vida cultural. Pero incluso ahí, ese tiempo ha sido progresivamente capturado por la industria del entretenimiento, que lo convierte en consumo continuo. Y ahí se define la disputa: mientras el arte exige tiempo —atención, interrupción, presencia—, el entretenimiento administra el cansancio. Ofrece consumo inmediato, sin fricción, perfectamente compatible con la fatiga. No forma: retiene. No incomoda: acompaña. El resultado no es solo desigualdad de acceso, sino sustitución. El arte queda fuera no porque sea inaccesible en términos formales, sino porque compite en condiciones materiales adversas. Al final de una jornada extenuante, no pierde frente al desinterés, sino frente a dispositivos diseñados para no exigir nada.
En México, la política artística elude este problema. Produce y convoca, pero no disputa el tiempo. Habla de públicos sin preguntarse por su posibilidad real de existir. Y las políticas públicas se orientan cada vez más a satisfacer el modelo del entretenimiento: conciertos masivos, boletos a precios fuera del alcance de la mayoría, o la presencia de “famosos” e “influencers” en carteleras y ferias del libro.
Así, el ecosistema se repliega. El filtro no solo es económico: es temporal. Y el tiempo, en este país, es una forma radical de desigualdad.
La pregunta, entonces, no es cómo atraer más gente a los espacios donde el arte ocurre, sino cómo desplazar el arte hacia donde la vida sí está ocurriendo. Qué significa hacer teatro en un cambio de turno, leer poesía en un trayecto, intervenir un espacio de espera, el patio de una escuela, un parque o incluso una plataforma de streaming. No como gesto periférico, sino como criterio de legitimidad. Porque lo que está en juego no es solo la distribución del arte, sino su jerarquía. El punto de quiebre llegará cuando el prestigio deje de medirse por el recinto y empiece a medirse por la presencia. Cuando el arte deje de competir con el entretenimiento en el terreno del consumo y comience a disputar el del tiempo. Porque, mientras eso no ocurra, seguiremos produciendo obras para un país que no tiene tiempo de verlas.
ACOTACIÓN: Cuando el desgaste organiza la vida, el arte queda fuera.
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