Fue toda una hazaña restaurar la bóveda, desnudar paramentos para recubrir las paredes humedecidas por los escurrimientos sufridos a lo largo de un buen número de años y otras muchas acciones

Don Mariano Iturría, párroco del templo de Nuestra Señora de la Asunción, fue uno de los mayores impulsores en la restauración del vecino santuario de San Miguel Cerezo; el libro de fábrica de su reconstrucción que obra en el archivo de la parroquia registra el gran esfuerzo realizado para dejarlo en condiciones dignas para el culto. Fue toda una hazaña restaurar la bóveda, desnudar paramentos para recubrir las paredes humedecidas por los escurrimientos sufridos a lo largo de un buen número de años y otras muchas acciones. En esto estaba cuando los fondos se acabaron.
Las limosnas, diezmos y otras aportaciones de los habitantes del pequeño poblado fueron insuficientes, pues la mayoría eran personas de bajos ingresos, dado que muchas minas de esa zona habían cerrado por aquellos años.
Fue el vicario de la parroquia, tal vez el presbítero Mariano Matamoros —años después prócer de la guerra de independencia—, quien ideó conseguir recursos mediante la celebración de un viacrucis viviente que se celebraría en la Semana Santa de aquel año, que era 1798, en medio de la escenografía natural que rodeaba al pueblito, condición que le daría una buena dosis de realismo a la representación.
Se procedió entonces a invitar todos los fieles de la zona norte de Pachuca para que acudieran a tal celebración, alrededor de la que se organizarían en unión de las cofradías de María Santísima, el Santo Rosario y la de la Sábana Santa, una serie de entretenimientos para los visitantes, tales como la instalación de puestos de alimentos, arreglados a la obligatoria vigilia, pabellones expendedores de aguas frutales, sitios dedicados a la venta de cirios, candelas y veladoras, así como de estampas y textos religiosos.
El párroco convocó a los habitantes de San Miguel Cerezo a fin de repartir responsabilidades y elegir a quienes intervendrían en la santa representación del viacrucis. En menos de una semana se echó a andar la organización de la celebración. El párroco solicitó a su vicario que se encargara de los ensayos y a doña María Revilla, de la cofradía de la Sabana Santa, de la distribución de responsabilidades para la vendimia.
Todo marchaba muy bien, hasta que una semana antes, precisamente el Viernes de Dolores, Melquiades Hondo, quien se iba a desempeñar como Simón Cirineo, cayó enfermo de gravedad y se determinó que no podría intervenir en el viacrucis. El padre Iturría, se levantó muy temprano el lunes y, después de celebrar la misa de 6 de la mañana, partió a San Miguel Cerezo para resolver el problema.
Muy alto estaba el sol cuando el sacerdote y algunos de los organizadores de la ceremonia religiosa llegaron a la vivienda de Hilario Arciniega, un hombre de escasa estatura, tez morena y el escaso pelo ya encanecido por la edad. Con gesto de pocos amigos, Hilario escuchó la invitación que le formuló el cura, la que de inmediato la rechazó: “¡Yo no creo en esas cosas! Además, soy el menos indicado para representar al santo ese que astedes dicen”.
El párroco no escatimó tiempo para convencer al elegido, hasta que finalmente accedió a cambio de que le regalaran la ropa que necesitaría y la promesa de algún dinero. Asistió Hilario a regañadientes a los últimos ensayos, no hizo conversación con nadie, se concretó únicamente a seguir las indicaciones que le proporcionaron sobre cómo debería conducirse y al terminar se marchaba sin despedirse ni cruzar palabra con nadie.
Llegó por fin el Viernes Santo del 1798. Poco después de las 11 de la mañana dio inicio el viacrucis viviente; el pueblo estaba materialmente invadido de fervorosos fieles, que ocuparon la calle principal del poblado, desde la entrada del Camino Real hasta el templo.
El hombre que representaba a Cristo cargó con la cruz después de la condena de Poncio Pilatos. Vino la primera caída y el Cristo aquel padeció para levantarse, pues la cruz pesaba más de lo imaginado.
Cuando en la quinta estación se acercó al lugar donde Hilario representaría al Cirineo, este le miró con una profunda compasión nunca antes sentida por nadie, declaró más tarde, luego, con todo comedimiento, cargó con la cruz, pero he aquí que uno de los soldados, siguiendo las instrucciones de la escenificación, simuló golpear al Cristo. Hilario, lleno de cólera, olvidándose que era solo una representación, se abalanzó sobre aquel individuo y empezó a golpearlo hasta que le dio muerte.
Los asistentes pensaron que aquello era parte de la representación, hasta que alguien gritó “¡Está muerto!”, refiriéndose al actor de soldado que yacía en el suelo sin vida. Entonces todo se convirtió en confusión, Hilario fue aprehendido y llevado ante las autoridades en tanto que el viacrucis viviente terminó abruptamente y los feligreses, desconcertados, se retiraron.

No hubo dinero para continuar la restauración del templo y, por muchos años, el arzobispo de México prohibió que se repitiera este tipo de representaciones en Semana Santa. Hilario fue condenado a 20 años de prisión, pero a partir de aquel suceso se hizo creyente de la fe católica hasta su muerte.
La placa que ilustra esta narración corresponde a una toma actual del templo San Miguel Cerezo, hoy ya restaurado.
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