Imagen: Jorge Luis González Pacheco
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Hace 14 días

El síndrome de la infalibilidad

Ese reflejo político no es nuevo. Cuando la crítica se interpreta automáticamente como conspiración, el poder deja de escuchar y comienza a justificarse.

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Cuando el poder deja de escuchar, la crítica se convierte en amenaza y la autocrítica desaparece. Ningún proyecto político se debilita por las voces incómodas; se desgasta cuando confunde respaldo popular con infalibilidad. 

En política, las declaraciones suelen revelar más que los discursos cuidadosamente ensayados. A veces, en una sola frase queda al descubierto la verdadera relación que un dirigente mantiene con sus adversarios… y, en ocasiones, con la propia realidad.

En días recientes, el dirigente estatal de Morena en Hidalgo salió en defensa de uno de sus principales cuadros municipales, minimizando la controversia generada por declaraciones que muchos ciudadanos consideraron impropias de un gobierno democrático. Lejos de reconocer que en el ejercicio del poder también se cometen errores, optó por una explicación ya conocida: todo es producto de una campaña de desprestigio.

Ese reflejo político no es nuevo. Cuando la crítica se interpreta automáticamente como conspiración, el poder deja de escuchar y comienza a justificarse.

Lo preocupante no es que un partido cierre filas con los suyos. Eso ocurre en todas las fuerzas políticas. Lo verdaderamente delicado es cuando la defensa se construye desde una lógica moral en la que unos se asumen portadores de la virtud y los otros quedan reducidos al papel de enemigos del pueblo.

Bajo esa visión, ya no hay ciudadanos inconformes, periodistas críticos o voces discrepantes. Solo hay adversarios con intenciones perversas.

El problema de esa narrativa es que empobrece la vida democrática.

La democracia no consiste en pensar igual ni en aplaudir al gobernante en turno. Su fortaleza radica en la posibilidad de cuestionar, debatir y señalar errores sin que toda observación sea descalificada como ataque político.

Cuando un dirigente partidista sostiene que los integrantes de su movimiento tienen una “obligación moral” de defender al proyecto, se cruza una línea delicada. La lealtad política es legítima; la obediencia acrítica es otra cosa.

Porque ningún proyecto, por exitoso que sea, debería exigir adhesión incondicional.

La historia política mexicana ofrece suficientes ejemplos de movimientos que comenzaron prometiendo regeneración y terminaron reproduciendo los mismos vicios que criticaban: intolerancia, soberbia y cerrazón frente a la crítica.

El poder tiene una prueba constante: su capacidad para aceptar cuestionamientos.

Quien gobierna debe entender que la crítica no debilita a las instituciones; por el contrario, las fortalece. Lo que realmente las erosiona es la idea de que toda observación incómoda es un intento por destruir al movimiento.

En política, la arrogancia suele ser el primer síntoma de desconexión con la realidad.

Y cuando un liderazgo deja de escuchar porque se convence de que solo sus simpatizantes tienen razón, el riesgo no es para la oposición.

El riesgo es para el propio poder. Porque ningún proyecto se desgasta más rápido que aquel que confunde respaldo popular con infalibilidad.

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