Las opciones para continuar una formación artística con respaldo institucional son escasas, fragmentarias, casi excepcionales…

No se trata de un colapso espectacular ni de una crisis declarada. Es algo más discreto y, por lo mismo, más grave: cada vez menos jóvenes eligen estudiar arte. No porque haya desaparecido el deseo —ese persiste, incluso se intensifica—, sino porque se ha vuelto cada vez más difícil justificarlo. Los datos empiezan a delinear el problema. En la UNAM, una de las universidades más grandes de América Latina, varias licenciaturas han registrado recientemente menos aspirantes que lugares disponibles. Entre ellas aparecen disciplinas que orbitan el campo artístico y humanístico: historia del arte, lenguas y literaturas modernas, áreas filológicas. No es falta de oferta: es retracción del interés.
El fenómeno no termina ahí. Si uno sigue la trayectoria formativa, el panorama se estrecha aún más. En México, el sistema de posgrados reconocido por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti) concentra cientos de programas en áreas científicas y tecnológicas, pero apenas un puñado en artes. Las opciones para continuar una formación artística con respaldo institucional son escasas, fragmentarias, casi excepcionales. La desproporción es reveladora: mientras ciertas áreas cuentan con trayectorias largas, financiadas y relativamente estables, el arte aparece como una ruta interrumpida, sin continuidad clara.
Dicho de otro modo: no solo hay menos estudiantes interesados en el arte; hay menos estructuras que les permitan sostener ese interés en el tiempo. El mensaje implícito es brutalmente claro: estudiar arte es un riesgo que pocos pueden permitirse. Y, sin embargo, hay otra escena, menos visible aún: la del estudiante que sí entra, pero no termina. Las escuelas de arte están llenas de trayectorias truncas. Jóvenes que abandonan a la mitad no por falta de vocación, sino por agotamiento económico, por necesidad de trabajar, por la imposibilidad de sostener una formación que exige tiempo completo en un entorno que no lo permite. La deserción no es solo un dato administrativo: es una forma de expulsión silenciosa.
Pero muchos de esos estudiantes no dejan el arte. Dejan la institución. Siguen actuando, escribiendo, montando, filmando. Se insertan en circuitos independientes, aprenden en la práctica, construyen trayectorias sin título. Se vuelven artistas sin certificación, pero no sin oficio. Esto introduce una tensión incómoda: el campo artístico funciona, en gran medida, al margen de su propio sistema educativo.
Durante décadas, las artes y las humanidades ofrecieron una promesa ambigua pero potente: la de una vida intelectual, crítica, incluso disidente. Hoy esa promesa se enfrenta a una realidad material más rígida. Precarización laboral, circuitos saturados, financiamiento intermitente. El estudiante no solo elige una disciplina: calcula una viabilidad. Y en ese cálculo, el arte pierde. No por falta de valor simbólico, sino por exceso de incertidumbre estructural.
Un país que deja de formar artistas —o que los forma a medias— no se queda sin obras: se queda sin continuidad, sin transmisión, sin tradición viva. Y quizá ahí radique lo más inquietante: no estamos perdiendo estudiantes de arte; estamos normalizando que formarse en él sea, en el mejor de los casos, un tránsito incompleto o un tránsito hacia el subempleo y la informalidad.
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