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Hace (2) meses

Las disculpas de Rosalía

Vivimos bajo una forma blanda pero persistente de censura: la tiranía de la virtud

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El debate reciente en torno a Rosalía y Pablo Picasso —detonado en la conversación que sostuvo con Mariana Enríquez— no es un desliz mediático, sino un síntoma. La incomodidad de admirar la revolución estética del malagueño mientras se condena su violencia íntima revela una tensión más profunda: la incapacidad contemporánea para habitar la contradicción. Lo preocupante no es la pregunta —antigua y legítima— sobre si debemos separar al artista de su obra, sino la necesidad casi inmediata de pedir disculpas por formularla. Rosalía no dijo nada extraordinario; apenas enunció una duda que ha atravesado siglos de pensamiento estético. Sin embargo, en el ecosistema actual, dudar ya es sospechoso. Y matizar, imperdonable.

Vivimos bajo una forma blanda pero persistente de censura: la tiranía de la virtud. Un régimen moral que no prohíbe obras, pero condiciona su recepción; que no quema libros, pero exige prólogos de arrepentimiento. En este contexto, el arte deja de ser un territorio de exploración para convertirse en un expediente ético. Conviene decirlo sin rodeos: el arte es amoral. No inmoral —que implicaría una postura activa contra la ética—, sino ajeno a ella. Su jurisdicción no es la conducta, sino la forma; no la virtud, sino la potencia simbólica. Pretender que una obra cargue con la biografía de su autor es reducirla a documento, negarle su autonomía.

La pregunta relevante no es si Picasso fue un hombre despreciable —lo fue, en muchos sentidos—, sino si el Guernica pierde su capacidad de conmoción por ello. Y la respuesta, por incómoda que resulte, es no. La experiencia estética opera en un nivel cognitivo que no coincide con el juicio moral. Confundirlos empobrece ambos. En este punto, resulta especialmente lúcido el episodio que Nicolás Alvarado dedica en su podcast La pinche complejidad a este tema. Ahí señala algo fundamental: nuestra época ha desarrollado una alergia al matiz. Queremos obras impecables creadas por sujetos impecables, como si la genialidad fuera compatible con la asepsia. No lo es. Nunca lo ha sido. Y también es interesante la propia contradicción que reconoce Alvarado, quien hace unos años se disculpó por haber mancillado críticamente la figura de Juan Gabriel.

Por eso resulta lamentable la disculpa de Rosalía. No solo porque deba sostener una postura, sino porque ceder a esa presión confirma el problema: la imposibilidad de pensar en voz alta sin pasar por el filtro de la corrección moral. El arte, como la inteligencia, necesita zonas de ambigüedad para existir. Si aceptamos que solo podemos consumir obras de creadores moralmente irreprochables, el resultado será un paisaje artístico predecible, higiénico y, en última instancia, irrelevante. El arte no está para consolarnos en nuestras certezas, sino para incomodarnos en nuestras contradicciones e indagar en nuestra oscuridad sensible.

ACOTACIÓN: El arte actual no permea en la sociedad por falta de talento, sino por exceso de virtud.

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