Desde empelotar el hilo hasta urdir la lana y el estambre, el minucioso proceso del telar exige una técnica impecable que la artesana aprendió en su niñez

Isabel Azpeitia Palma, artesana de Chicavasco, Actopan, mantiene viva la técnica prehispánica del telar de cintura | Fotos: Sara Elizondo
Isabel Azpeitia Palma, artesana originaria de Actopan, hace bordados desde pequeña, usando la técnica ancestral del telar de cintura, pues su mamá fue quien le enseñó.
Ella trae tras de sí un legado que supera las cinco generaciones en la comunidad Chicavasco, en Actopan, donde hasta hoy en día preserva todo tipo de bordados, incluido el flor y canto, el más tradicional y por el que es conocido en el Valle del Mezquital.
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Entre sus tesoros, tiene prendas que cuentan con más de 100 años de existencia; algunas datan de 1921 y se nota en el tipo de hilos, colores y puntadas.
Ella recuerda que esta labor lleva toda su vida. “Empezamos desde las cosas más sencillas como empelotar el hilo, hacer puntas, y después fuimos trabajando más. Hasta los 23 años comencé mi trabajo sola, pero es resultado de un conocimiento que se ha mantenido durante al menos cinco generaciones”, declaró la artesana de Actopan.
Sobre su técnica, afirmó que “para usar el telar, yo trabajo la lana, el estambre de tres hebras, hilo cristal, hilaza. Hay que empelotar y luego pasamos a un urdidor con la cantidad de hilo que vamos a ocupar y después lo pasamos al telar, acomodamos los hilos hebra por hebra en los palos. En seguida, ponemos el peine, luego vamos entretramando para ir sacando la figura que queremos hacer”.
La artesana de Actopan apuntó que suele trabajar sus piezas “hincada en un cartón o en un petate”, que es la forma en que lo hacían sus antepasados, “en el piso y los pies doblados”.

Ella elabora rebozos con un tejido llamado labor, con el que se usa hilaza y que tarda un mes en elaborarlos, pues lleva muchos palos, mientras que, al terminar, hay que hacer la punta con figura. La creación final tiene una dimensión de dos metros por 60 centímetros.
También hace otras prendas como gabanes, casullas, quexquemetl (para el que invierte una semana o más), caminos de mesa, cotorinas, manteles de 60 por 48 centímetros y hasta monederos pequeños. Los precios pueden variar entre los 60 hasta los mil 500 pesos, según el material y el tiempo empleado.
Azpeitia Palma comentó que “es un orgullo conservar las tradiciones de mi familia, de generación en generación, y más que nada transmitírselo a mis hijas”. Sin embargo, agregó que los bordados no siempre son valorados, pues “apenas se le está dando el realce”, pues, subrayó, aún persiste el regateo.
“Muchos tendrían que ver cómo se trabaja para valorar las prendas, el detalle, el tiempo y el esfuerzo, pues a veces creen que es algo muy sencillo”, sentenció.
Isabel Azpeitia realiza su trabajo en su taller ubicado en Chicavasco, una localidad ubicada a nueve kilómetros al sur de la cabecera municipal de Actopan, donde los visitantes pueden conocer de cerca sus creaciones y sus procesos.

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