El panteón municipal de Huejutla luce abarrotado, no cabe ni un alma, a pesar de que estas hoy están de fiesta. El estruendo de la tambora y el olor a copal inundan el ambiente

Pobladores limpiaron y adornaron las tumbas de sus familiares en el panteón de Huejutla
Foto: Rizieri Plascencia
Son cuarto para las 12:00 del 2 de noviembre. Los cohetes anuncian su llegada, están acercándose cada vez más. En sus tumbas está la comida que más les gusta: tamales, chocolate, refresco y cerveza.
Siguen el camino de pétalos de cempasúchil que han puesto para guiarlos en su retorno del más allá. Son los fieles difuntos, quienes son recordados con mucho amor.
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El panteón municipal de Huejutla luce abarrotado, no cabe ni un alma, a pesar de que estas hoy están de fiesta. El estruendo de la tambora y el olor a copal inundan el ambiente. Unas lágrimas ruedan por las mejillas de Verónica, quien recuerda a su madre, que hace 10 años partió de este mundo.
“Nosotros trajimos mole rojo, arroz, chocolate, cerveza y refresco, que era lo que le gustaba a mi mamá”, dice a Criterio mientras limpia la tumba más grande de tres que están juntas.
Verónica es ayudada por su hija, quien heredará la tradición de ofrendar, como se llama a este acto de llevar los alimentos a las tumbas de sus difuntos, en el panteón municipal de Huejutla.
Su hija, de 19 años, recuerda que su abuela partió de este mundo hace 10 años, cuando ella aún cursaba la secundaria.
“Yo estoy contenta de heredar esta tradición porque es para recordar a los que ya no viven”, dijo mientras servía mole rojo con pollo en un plato de unicel.
Un trío huasteco se acerca a ofrecer sus servicios. El jefe de familia negocia: “Te doy 300 pesos por tres canciones”. “Órale, va”. Y empiezan a sonar los acordes de La silla vacía.

Verónica enciende el sahumerio y lo pasa sobre la tumba y los alimentos mientras forma una cruz con el humo al tiempo que invoca con sus nombres a su madre, su abuela y dos de sus hermanos mayores, que murieron antes de que ella pudiera conocerlos.
“Ya te traje tu comida, mamá, tu mole que tanto te gusta”, dice mientras troza una tortilla que coloca en el platillo y derrama refresco y cerveza sobre el suelo, cuyos líquidos son absorbidos por la sedienta tierra.
Es el turno de su hija, quien nombra a su abuela. De ella dice tener solo buenos recuerdos, porque de chiquita la cuidaba.
Este año, la familia de Verónica cumplió una vez más con una tradición familiar: convivir con sus muertos, a quienes esperan volver a ver… Mientras ello ocurre, aseguran que volverán cada año, cada 2 de noviembre, al panteón de Huejutla a visitarlos.
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Los cohetes resuenan en el aire de la colina donde se ubica el panteón municipal de Huejutla. El sonido de las tamboras, los violines y las guitarras retumba en los oídos. La gente ofrece lo que ha ofrendado a quienes pasan cerca de las tumbas. Es una fiesta de amor y recuerdo. Así es el Xantolo en la Huasteca hidalguense.
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