Durante la temporada decembrina, el exceso en la preparación de alimentos elevó el desperdicio en hogares, generando impactos económicos y ambientales en miles de familias cada año
Durante las fiestas decembrinas, el consumo excesivo de alimentos y la preparación de grandes cantidades de comida incrementaron de forma considerable el desperdicio alimentario, una práctica que se reflejó de manera directa en el llamado recalentado, tradición común posterior a las celebraciones de Navidad y Año Nuevo.
Especialistas y organismos internacionales advirtieron que cerca del 40 por ciento de los alimentos preparados durante esta temporada terminó en la basura, lo que representó más de 30 millones de toneladas desperdiciadas a nivel global. En este contexto, el recalentado se posicionó como una alternativa para reducir pérdidas, aunque su aprovechamiento no siempre fue suficiente para frenar el problema.
De acuerdo con datos de la FAO, aproximadamente un tercio de los alimentos producidos en el mundo se pierde o desperdicia, situación que se intensificó durante las fiestas decembrinas. Este fenómeno tuvo un impacto ambiental considerable, debido al uso innecesario de agua, energía y a la generación de gases de efecto invernadero, además de representar un gasto económico importante para los hogares.
En México, el estudio Red BAMX–SIPRA 2024 estimó que se desperdiciaron alrededor de 10 millones de toneladas de alimentos al año, con un promedio de hasta 80 kilogramos por persona. En muchos hogares, el recalentado no logró compensar la falta de planeación previa, lo que derivó en que más del 50 por ciento del desperdicio fuera evitable.
Los productos que más se desecharon durante las fiestas fueron frutas y verduras, seguidos de pan y tortillas. Factores como compras impulsivas, almacenamiento incorrecto y desconocimiento sobre conservación de alimentos influyeron en que el recalentado no se aprovechara de forma adecuada.

Organismos especializados señalaron que una mejor planeación fue una de las herramientas más efectivas para disminuir el desperdicio durante las fiestas. Definir con anticipación el menú, calcular porciones y revisar los insumos disponibles permitió reducir excesos y facilitó un mejor uso del recalentado.
También se recomendó servir porciones moderadas y fomentar que los invitados repitieran solo si era necesario, así como reutilizar creativamente los sobrantes. El recalentado permitió transformar alimentos en nuevos platillos como tacos, tortas, ensaladas, croquetas o cremas, extendiendo su vida útil.
El etiquetado y congelación adecuada de los alimentos sobrantes ayudó a evitar que el recalentado se perdiera por olvido. Asimismo, compartir comida con invitados o donarla fue una práctica promovida durante las fiestas como una forma solidaria de reducir el desperdicio.
Finalmente, se subrayó que los residuos inevitables podían destinarse a composta, contribuyendo al aprovechamiento de recursos. Reducir el desperdicio alimentario durante las fiestas no solo impactó positivamente en el presupuesto familiar, sino que también favoreció a comunidades en situación de inseguridad alimentaria.
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