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El discurso que impulsó la creación de Hidalgo –Tercera de cinco partes –

Poco después de concluida la vida del Segundo Imperio y restaurada la república, en julio de 1867, se reanudaron las gestiones interrumpidas en 1861 para erigir al nuevo estado, ahora encauzadas por los diputados Manuel Fernando Soto, Antonino Tagle, Manuel T. Andrade, Cipriano Robert, Protasio Tagle, Gabriel Mancera, José Luis Revilla y Justino Fernández.

En una primera etapa, los ayuntamientos que deseaban formar parte de la nueva entidad manifestaron al Congreso de la Unión, entre julio y agosto de 1868, su resistencia a continuar como parte del Estado de México, por lo que solicitaron subsistiera la división del segundo Distrito Militar; en tanto, se discutía la creación del estado y lograron, inclusive, organizar las elecciones para diputados de los distritos de esa región.

En la segunda etapa, se aprovechó el interinato en la gubernatura del Estado de México del licenciado Cayetano Gómez Pérez –originario de Yahualica, población de la Huasteca– para presionar al Congreso mexiquense, a fin de que aprobara la segregación de los territorios que formarían a la entidad hidalguense–, lo que se logró en la sesión del 30 de enero de enero de 1868, con una
apretada votación.

El tercer paso fue el envío de una lluvia de comunicados remitidos al Congreso de la Unión, en los que se solicitó apresurar el proceso para la creación del nuevo estado, suscritos por los ayuntamientos de Actopan, Alfajayucan, El Arenal, Acaxochitlán, Cardonal, Cuautepec, Atotonilco el Grande, Atotonilco el Chico, Tianguistengo, Mixquiahuala, Ixcuincuitlapilco, Itzmiquilpan, San Salvador, Santiago Tlachichilco, La Misión de Cerro Prieto, Mineral del Monte, Pachuca, Tulancingo, Singuilucan, Metepec, Huascasaloya, Tula, Chapantongo, Zempoala, Atitalaquia, Tlaxcoapan, Tezontepec de Aldama, Tetepango, Tepetitlán, Jacala, Pacula, Zimapán, Tasquillo, Tutotepec, Tenango, Huejutla, Zacualtipán, Xochicoatlán, Molango y Omitlán.

Finalmente, hubo que esperar las respuestas favorables de la mayoría de las Legislaturas de los estados de la república, lo que concluyó al recibirse la de Oaxaca, el 24 de noviembre de 1858.
Cumplidos tales requisitos, se procedió a discutir la erección de la nueva entidad al interior del Congreso de la Unión, donde existía una fuerte corriente opositora a tal medida, ya que consideraban que los fuertes intereses extranjeros que manejaban la minería de las comarcas de Zimapán y Pachuca-Real del Monte podrían resultar nocivas para el país y se corría el riesgo de crear otra república texana.

Después de acaloradas discusiones, el diputado Manuel Fernando pronunció un discurso excepcional en sesión del 1 de diciembre de 1868, mediante el cual insistió en que la división del Estado de México era el más importante de los asuntos planteados al Congreso, cuyo valor radicaba en la búsqueda de bienestar para los habitantes de la zona norte de la entidad mexiquense.

“En la democracia mandan las mayorías y aquí tenemos a la mayoría en las poblaciones que desean alcanzar su autonomía y mayoría en los diputados que representan a esa porción del país” y, agregó, refutando a los que pugnaban por no romper la unidad decretada en la Constitución de 1857, “la unidad no es ni verdad teológica ni esfinge imperturbable de la división territorial, debe ser producto del deseo de transformación y mejoramiento de las instituciones en cada una de las regiones políticas del país”.

Por ello, agregó, “la Constitución estableció reglas muy claras a efecto de poder alterar, cuando fuera necesario, la división territorial, a fin de responder a las aspiraciones de los pueblos”.

Asimismo, analizó los antecedentes favorables para la erección de la nueva entidad, entre los cuales destacó que, durante su vida institucional como segundo Distrito Militar, pudo comprobar su poder de organización para luchar contra los invasores europeos y contra la inseguridad que privaba en poblaciones como Huichapan, Itzmiquilpan, Tulancingo, Pachuca y en varios pueblos de la Sierra, que vivían en constante zozobra debido la existencia de gavillas de salteadores y criminales.

Finalmente, señaló que, de acuerdo con su experiencia como gobernador militar de ese segundo Distrito, pudo percatarse de las facilidades que representaba organizar a sus habitantes para lograr un mejor sistema de vida y la autosuficiencia económica que tenía ese territorio para mantener a las instituciones que lo gobernaran.

Abordó puntualmente la cuestión relativa a la ingobernabilidad que se vivía hasta entonces, derivada de la falta de caminos en buen estado y la lejanía de la capital mexiquense –Toluca– para gran parte de los ayuntamientos que firmaban e hizo hincapié en la necesidad de propiciar el desarrollo para esta porción del país.

Y concluyó diciendo: “Al patriotismo de los representantes de la nación, toca satisfacer ahora las necesidades de los pueblos, porque la revolución armada sigue latente y puede prender en cualquier momento ante la indolencia de la autoridad”.

Sin duda alguna, los razonamientos de Soto fueron decisivos para inclinar la votación a favor de la creación del estado, moción aproada por el Congreso en sesión del 15 de enero de 1869, promulgada por el presidente Juárez un día después, hace ya 150 años.

El discurso de Soto mereció la inmortalidad de su publicación en un folleto que imprimió don Vicente García Torres, por cierto, originario de Real Monte.

Juan Manuel Menes Llaguno

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