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Los cimientos

Lo siento, Libidiano -le dijo la muchacha al cachondo galán que le pedía ir a la cama con él-. Me prometí a mí misma que nada me entrará antes que el anillo de matrimonio”. Pirulina, la muchacha más ligera del pueblo, no profesaba ninguna religión. Un día, sin embargo, sintió que la luz de la fe le iluminaba el alma. Fue con el padre Arsilio y le pidió que la recibiera en la asamblea de los fieles. Le dijo con ansia de conversa: “¡Quiero ser bautizada, señor cura! ¡Derrame sobre mí las aguas del bautismo!”. Le respondió el buen sacerdote: “Contigo no serán suficientes esas aguas, hija mía. A ti voy a tener que ponerte en remojo toda la noche”… Un borrachito fue llevado ante el alcalde del pueblo por una falta grave al reglamento municipal: había hecho aguas menores en la plaza pública. “Son 250  pesos de multa” -le informó el edil. “Es mucho -se inconformó el beodo. “Tal es la multa” -insistió el otro. El temulento le entregó un billete de 500 pesos. Dijo el munícipe: “En seguida le traerán su cambio”. “Guárdeselo -respondió el briago-. Creo que puedo atinarle a su escritorio desde aquí”.  A medias de la noche la esposa despertó a su marido. “Ulero -le dijo hablándole en voz queda-, creo que abajo anda un ladrón”. Contestó el tipo: “¿Y qué quieres que haga?”. “Ve a enfrentarlo -respondió la señora-. Nos va a dejar sin nada”. “De ninguna manera bajaré -replicó el señor Ulero-. Esos ladrones generalmente andan armados”. “Entonces iré yo” -dijo muy decidida la señora. En efecto, se levantó, se puso una bata y fue a la planta baja. Poco después regresó sin bata y con los cabellos en desorden. Le preguntó don Ulero: “¿Qué se llevó el ladrón?”. Respondió su mujer: “Tanto como llevárselo, no se lo llevó. Pero fue lo único que le faltó al cabrón: llevárselo”. “Señor -le informó el gendarme al juez-, una bella mujer fue detenida por pasear desnuda en la playa”. Inquirió el juzgador: “¿Dónde está?”. Contestó el policía: “El compañero que la detuvo se llevó a su casa el cuerpo del delito”. Nuestras instituciones, lo sabemos, están llenas de defectos. Sin embargo hemos de apegarnos a ellas, primero porque así lo determina la ley; luego porque ésa es la única vía para mejorarlas. Así las cosas, revivir en cualquier forma aquella frase tan tristemente célebre: “Al diablo las instituciones”, es error grave que hace peligrar la estabilidad de la República y amenaza su futuro. El respeto a la ley y a las instituciones es requisito fundamental para conservar la democracia. Atentar contra ellas es poner en riesgo la vida comunitaria y sentar los cimientos para un gobierno autoritario que más tarde o más temprano puede desembocar en una dictadura. El seductor citadino no lograba que la fresca zagala campesina le entregara el último de sus encantos. “No entiendo, Silvestrina -le dijo desconcertado-. Me permites que te abrace, que te bese, que te acaricie toda; pero no me permites nunca llegar hasta el final. ¿Por qué?”.  Respondió la muchacha: “Es por un dicho que tenemos aquí: ‘De la tapia todo, pero de la huerta nada’”.  “Doctor -le dijo don Languidio al doctor Duerf, siquiatra-, mi esposa se cree gallina”. Preguntó el analista: “¿Y quiere usted que la trate?”. “No, -respondió el señor-. Ella me envió con usted para ver si puede hacer que yo me sienta gallo”… En la noche de bodas Rosilí se enteró de algo que su novio le había ocultado siempre: al muchacho le faltaba un pie, y usaba en su lugar una prótesis. Desolada llamó por el celular a su mamá. “Mami -le contó llorosa-, Leovigildo no tiene un pie”. “Vamos, hijita -trató de consolarla la señora-. En tratándose de esa medida no debemos ser tan exigentes”. (No le entendí)… FIN.

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