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¿Nueva guerra en Medio Oriente?

Medio Oriente, de nueva cuenta escucha, el sonido de la guerra en la zona cuyo eje es Israel, con implicaciones para otras regiones del planeta por un efecto de copia. ¿Sucederá? Esa es la pregunta que muchos buscan responder.

El punto de conflicto, en absoluto nuevo, son las Alturas de Golán, una meseta de casi dos mil kilómetros cuadrados entre Israel y Siria que fue ocupada por Israel tras la Guerra de los Seis Días en 1967, y luego declarada sujeta a sus leyes en 1981. La ocupación fue una acción que la propia ONU condenó en su Resolución del 22 de noviembre del año de la ocupación, lo que evidentemente quitó valor, si alguno tenía, a la extensión de la jurisdicción legal israelí de 14 años después.

Ahora la tensión subió cuando Estados Unidos ha reconocido la soberanía israelí sobre ese territorio ocupado, una decisión que se suma al traslado de su embajada a Jerusalén, una ciudad que
Palestina reclama como su capital pero Israel también, sin el deseo de hacer alguna concesión, como una capitalidad compartida, y que con lentitud suma actores, como Honduras y Rumania, apenas este domingo anunciaron el traslado de sus representaciones diplomáticas a la llamada Ciudad Santa.

Hoy en día el panorama en Israel, los territorios palestinos, Siria, Irán e Irak se ha asentado paradójica y contradictoriamente sobre una base de inestabilidad que puede desgajarse en cualquier momento. Los palestinos, posiblemente los más afectados, siguen en la Franja de Gaza y Cisjordania sin alcanzar un Estado propio, con todo lo que ello significa.

Israel mantiene su crecimiento y desarrollo pero con el temor de estar rodeado por países que, pese al paso del tiempo desde la fundación del país judío, no acaban de aceptarlo, y manteniéndose en la zona con lento avance en sus iniciativas de acercamiento al mundo árabe, el cual no vence su desconfianza pero tampoco se atreve a forzar una salida militar.

El mundo árabe, por su parte, tiene sus propios problemas, y quizá estos expliquen en parte su dejar hacer a Israel, al cual atacan de vez en vez con fuertes declaraciones, no más. El control sobre su población se mantiene con procesos de apertura que, por ejemplo, en el caso de Egipto, se revierten, o en el de Algeria, cuya población se niega al control de un mandatario físicamente débil.

A lo anterior tenemos que agregar a Irán, capaz de enfrentarse a Estados Unidos valido de su abasto petrolero a Europa y en alianza con otros países que también rechazan el poderío estadunidense en aras del propio, como Rusia y China.

La ecuación se completa con la incierta derrota del Estado Islámico, el grupo fundamentalista musulmán que pretende fundar un gran Califato, pero que hace unos cuantos días acaba de ser declarado vencido, aunque todavía está por confirmarse en los hechos y sin que sea claro qué pasará con sus células repartidas en otros muchos países listas para cometer actividades terroristas.

En ese marco que Washington haya reconocido la soberanía israelí sobre las Alturas del Golán puede desatar un conflicto que ha estado en estado de latencia, en espera de una llama como esta.

Existe otra opción, muy peligrosa por sus consecuencias: que se trate de una decisión meramente electoral de la administración Trump para fortalecer al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en su aspiración de reelegirse ante la debilidad que le han mostrado las recientes encuestas de preferencia electoral a dos semanas de los comicios en Israel.

Y también, desde luego, que sea parte del proceso en busca de la reelección del propio Donald Trump, fortalecido ahora que ha sido encontrado sin evidencia de colusión con Rusia para influir en las elecciones donde ganó la Casa Blanca, pero sin vencer a la oposición del Partido Demócrata, que está haciendo todo para evitar que el millonario republicano siga en la presidencia.

Todas las partes deben ejercer la máxima prudencia, pues en la región operan demasiados grupos que pueden entender muy mal los mensajes y encender una hoguera difícil de apagar.

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