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¿Serán menos fifís?

Comienza el nuevo gobierno con hartas expectativas y la creencia en un sector importante de la población de que mágicamente las cosas van a cambiar.

Y hasta cierto punto, esa fue la razón por la que los ciudadanos le dieron su voto al nuevo presidente, por lo que ahora hay una legítima esperanza de que, poco a poco, los vicios, las corruptelas y los malos manejos se vayan desterrando.

Lo que es un hecho es que a partir del 1 de diciembre sí cambiaron las formas de conducirse de los integrantes del nuevo gobierno.

Hasta hace unos cuantos días, estábamos acostumbrados a ver funcionarios en tremendos camionetones, con decenas de guardaespaldas vigilando la seguridad del personaje, confirmando que había ciudadanos de primera, los menos, y un chingo de banda que tenía que conformarse con ver desde la banqueta pasar a los sujetos de “primera”.

Ahora, cuando menos eso es lo que aparentan, las formas cambiaron. Algunos funcionarios, sino es que todos, deben ser más mesurados en su forma de conducirse y, hasta donde es posible, evitar los excesos.

Y ante este nuevo escenario, ¿cómo se comportarán los que no forman parte de esa transformación?
Me refiero a todos los que permanecen en funciones y que formaban parte de la administración anterior, o que eran del antiguo partido en el poder y que se conducían de acuerdo a la norma que dictaban desde Los Pinos, sitio que, por cierto, ahora será un museo.

La moda imponía, entre otras cosas, un modelo de camioneta con su debido blindaje, enviadas desde la Secretaría de Gobernación para el uso exclusivo de los gobernadores; la justificación, la seguridad del funcionario en cuestión.

Seguro que los blindajes solo podían adecuarse a ese tipo de camionetas, por lo que algunos se preguntan: ¿el auto compacto en el que ahora viaja el presidente también estará blindado?
Sin entrar en cuestionamientos banales, ¿ahora los funcionarios que usaban estos vehículos de súper lujo van a cambiar por los autos compactos? Y qué decir de los guardaespaldas.

¿Ahora solo habrá una guardia discreta, como la que utiliza el presidente, o van a continuar los casos de burócratas de primera que no salen ni a la esquina sino están resguardados con un séquito de empleados? ¿Y sus familiares también gozarán de este beneficio?

Claro que no se pretende, o al menos eso suponemos, que las personas encargadas de resguardar el bienestar de ciertos funcionarios pierdan su empleo. Lo que no está claro es cuáles serán ahora las reglas de comportamiento de la alta burocracia.

Así como el caso de los vehículos y los guardaespaldas, que al fin y al cabo son asuntos menores, habría que preguntarse cuál será la suerte de decenas de acciones y actitudes que hasta hace seis días eran la regla, y hoy ya no lo son, y que tienen un peso en la gobernabilidad del país.

Cierto es que algunos gobiernos se han declarado en franca rebeldía ante las imposiciones de una mayoría abrumadora en el Congreso federal y en los locales; sin embargo, hay casos como el de Hidalgo, donde el gobernador Fayad, reconociendo que los tiempos han cambiado y que el horno no está para bollos, se ha pronunciado por un diálogo constante y abierto que beneficie a
los ciudadanos.

Así que no les sorprenda que, en un cambio de timón acorde con los nuevos tiempos, veamos en Hidalgo a funcionarios cercanos, sin vallas, sin guardaespaldas que maltraten a los representantes de la prensa y a todos los que se acerquen a los personajes, secretarios en vehículos austeros, dejando atrás el comportamiento fifí, para ser un chairo más hecho y derecho, cómo chingados no.

Bertha Alfaro

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