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Hace 14 horas

Antes de reaccionar

“Vivimos reaccionando”, hoy la prisa nos está robando la capacidad de pensar antes de actuar.

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Estuve en un círculo de reflexión para personas que construyen paz y una de las reflexiones interesantes fue que “vivimos reaccionando”, hoy la prisa nos está robando la capacidad de pensar antes de actuar. Reaccionamos al tráfico, a una publicación en redes sociales, a una discusión en casa, a una mirada, a una palabra mal interpretada. Reaccionamos desde el enojo, desde el cansancio, desde las heridas que hemos acumulado durante años y que muchas veces ni siquiera hemos reconocido; así, en cuestión de segundos, una emoción mal gestionada puede convertirse en una tragedia.

Recordé que la semana pasada circularon en redes sociales distintos videos sobre un altercado automovilístico en la capital del estado, hubo imágenes que mostraban discusiones, insultos y agresiones, las cuales parecían haber escalado en cuestión de minutos. No quiero retomar el hecho, sino uno de los comentarios: “ya perdí la cuenta de cuántos videos van así”.  Y esa frase es la que debería preocuparnos profundamente. ¿En qué momento normalizamos la violencia cotidiana? ¿Cómo llegamos al punto en el que perder el control se volvió parte del paisaje?

No iremos lejos para entenderlo. Basta que usted salga por las mañanas, observe el caos vial provocado por obras interminables, por los baches, por la mala planeación urbana. Observará el estrés de llegar a tiempo, el cual exaspera a muchos. Hay personas que pasan más tiempo atrapadas en el tráfico que conviviendo con su familia, otras viven bajo una presión económica constante, con jornadas laborales agotadoras y una sensación permanente de incertidumbre y es ahí, en esos espacios, donde una persona vive al límite emocional y entonces cualquier situación puede convertirse en detonante.

Sin embargo, detrás del enojo casi siempre hay algo más profundo, ya que la mayoría de las veces no reaccionamos por lo que ocurre en el presente, sino por lo que nuestro corazón viene cargando desde hace mucho tiempo. Reaccionamos desde las heridas de abandono, desde el miedo, desde la frustración, desde la sensación de no ser suficientes o no sentirnos escuchados y la verdad es que rara vez nos detenemos a observar eso. Nos enseñaron a responder rápido, pero no a comprender lo que sentimos. Es entonces donde la gestión emocional se vuelve indispensable.

Con este término no quiero romantizar el sufrimiento ni pretender que no existen los problemas reales, pero si quiero voltear la mirada para los lugares donde podamos aprender a reconocer lo que sentimos antes de que eso nos controle, a los lugares donde podamos entender que una emoción no gestionada puede afectar nuestra salud, nuestras relaciones y la forma en la que convivimos como sociedad.

El psiquiatra Daniel Siegel explica que, cuando una persona vive bajo altos niveles de estrés o saturación emocional, el cerebro puede reaccionar desde mecanismos primitivos de supervivencia antes que desde la razón. En otras palabras, muchas veces reaccionamos antes de pensar. Basta una sensación de amenaza, frustración o enojo para que las emociones tomen el control y la capacidad de reflexionar quede desplazada por el impulso. Entender esto no significa que justificaremos la violencia, pero sí que necesitamos aprender nuevas formas de relacionarnos con nuestras emociones antes de convertirlas en daño hacia otros. Esa forma de reaccionar impacta directamente a quienes nos rodean, especialmente a nuestros hijos e hijas. 

El psicólogo Albert Bandura sostenía que gran parte de nuestras conductas se aprenden observando a otros, entonces los niños, niñas y adolescentes aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan. Aprenden cómo resolver conflictos viendo cómo los adultos discuten, aprenden qué hacer con el enojo observando nuestras respuestas ante la frustración y una de las cosas más dolorosas es descubrir que muchas veces ellos terminan cargando las consecuencias de aquello que nosotros nunca trabajamos emocionalmente.

Es por ello que, hoy más que nunca, necesitamos adultos capaces de detenerse antes de reaccionar. Necesitamos personas que puedan preguntarse: “¿qué estoy sintiendo realmente?”, antes de explotar, personas que comprendan que pedir ayuda psicológica no es debilidad, sino responsabilidad emocional, que entiendan que la fortaleza no está en gritar más fuerte, sino en aprender a regular lo que sucede dentro de sí. Si dejamos de reaccionar desde el dolor podremos construir relaciones, familias y ciudades donde la paz sea una posibilidad real.

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