Imagen: Jorge Valverde Islas
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Hace 15 horas

El juego que trasciende la cancha

Pero en el ámbito público, el impulso al deporte no puede depender únicamente del entusiasmo ni de eventos de alto impacto mediático.

Imagen: El juego que trasciende la cancha
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El ambiente futbolero ya se respira. La expectativa por el inicio del Mundial y la llegada de selecciones a territorio nacional no solo despiertan entusiasmo, también colocan al deporte en el centro de la conversación pública. Hidalgo no es ajeno a esa efervescencia: la presencia de la selección de Sudáfrica en su etapa de grupos recuerda que el futbol, más allá del espectáculo, es un fenómeno social de profundo impacto comunitario.

En cada cancha —desde los estadios profesionales hasta los espacios en colonias y comunidades—, el futbol cumple una función que no siempre dimensionamos: integra, forma y ofrece alternativas de desarrollo para niñas, niños y jóvenes. Es una práctica que fortalece la salud, fomenta la disciplina y contribuye a reconstruir el tejido social.

Pero en el ámbito público, el impulso al deporte no puede depender únicamente del entusiasmo ni de eventos de alto impacto mediático. Exige algo más de fondo: planeación, continuidad y, sobre todo, una vigilancia rigurosa del uso de los recursos públicos.

Desde lo local, el desafío es evidente. Construir espacios deportivos sin garantizar su uso, mantenimiento o acceso efectivo termina por convertir una buena intención en una inversión improductiva. Del mismo modo, la asignación de presupuestos para actividades deportivas sin reglas claras, sin seguimiento o sin evaluación abre la puerta a prácticas ineficientes e incluso a posibles actos de corrupción.

De ahí la importancia de la fiscalización. Supervisar cómo se ejercen los recursos destinados al deporte no debe entenderse como un obstáculo, sino como una condición para asegurar que cada peso invertido cumpla su propósito social. La revisión del gasto permite identificar desviaciones, prevenir irregularidades y, sobre todo, asegurar que los programas lleguen a quienes realmente los necesitan.

El deporte, bien gestionado, es una política pública de alto impacto. Contribuye a la prevención del delito, fortalece la convivencia y genera entornos más seguros, en línea con la visión de atender las causas que originan la violencia y construir paz social. Pero para que esos beneficios sean reales y sostenidos, es indispensable que el gasto público se ejerza con responsabilidad y bajo criterios de eficiencia y eficacia.

La fiebre futbolera puede ser, entonces, algo más que una celebración pasajera. Es una oportunidad para reflexionar sobre el valor del deporte en la vida pública y sobre la necesidad de vigilar que los recursos destinados a impulsarlo no se desvíen ni se diluyan; al contrario, se amplíen y se fortalezcan. 

A su vez las políticas públicas implementadas para fortalecer el deporte reditúan en que nuestra juventud libre batallas sobre las adicciones. 

Porque cuando el presupuesto se ejerce con integridad y cumple su función social, el verdadero triunfo no se mide en goles, sino en oportunidades, bienestar y cohesión para la sociedad.

La rendición de cuentas no es opción: es deber público.

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