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Hace (2) meses

El nuevo arte de la fiscalización

Hay momentos en que la fiscalización pública deja de ser un proceso técnico para convertirse en un verdadero punto de quiebre.

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Hay momentos en que la fiscalización pública deja de ser un proceso técnico para convertirse en un verdadero punto de quiebre. Esto ocurre con la reciente reforma en materia de fiscalización superior —publicada el 14 de mayo de 2026 en el Diario Oficial de la Federación—, que no solo ajusta mecanismos: marca un salto cualitativo en el combate a la corrupción y abre paso a un modelo donde la coordinación se vuelve el eje del control del gasto.

Uno de los ejes que mejor refleja este cambio es la coordinación nacional del sistema de fiscalización. A partir de ahora, la Auditoría Superior de la Federación (ASF) podrá establecer convenios con las entidades de fiscalización de los estados para revisar los recursos federales de manera más articulada, sin importar si los ejercen dependencias locales, municipios o incluso particulares.

El mensaje es claro: el control del gasto ya no puede depender de esfuerzos dispersos. Durante años, la fiscalización avanzó a ritmos distintos, con metodologías que no siempre dialogaban entre sí. Hoy, la reforma plantea algo distinto: reglas comunes, información compartida y responsabilidades concurrentes.

Este nuevo enfoque no es menor. Supone entender que el dinero público, aunque cambie de manos, mantiene su carácter federal y, por tanto, requiere de una supervisión que acompañe todo su recorrido. La coordinación deja de ser un ideal y se convierte en una condición para que la vigilancia sea efectiva.

La ley federal es de observancia inmediata en todo lo relacionado con recursos federales, lo que implica que la Auditoría Superior del Estado de Hidalgo debe fortalecer su coordinación con la ASF y alinearse a esta nueva lógica nacional. No se trata de una decisión opcional, sino de una obligación inherente al nuevo marco jurídico.

Sin embargo, conviene decirlo con claridad: la coordinación no ocurre por decreto. Para que este nuevo modelo funcione, será necesario revisar —con oportunidad y responsabilidad— el marco legal estatal, no para replicar la norma federal, sino para hacerla operable en el contexto local, armonizando procedimientos, flujos de información y capacidades institucionales.

La reforma abre una puerta importante, pero también eleva la exigencia. Un sistema nacional más articulado demandará: a) información oportuna, b) criterios homologados y, sobre todo, c) voluntad de colaboración. De lo contrario, el riesgo es claro: que la coordinación exista en el papel, pero no en los resultados.

La advertencia es sutil, pero necesaria. La fortaleza de este nuevo modelo no dependerá únicamente de la federación, sino de la capacidad de las entidades para integrarse con eficacia. En este punto, la diferencia no la marcará la norma, sino su implementación.

Coordinarse ya no es una opción técnica; es una responsabilidad pública. Porque cuando las instituciones avanzan juntas, la fiscalización deja de llegar tarde… y empieza, por fin, a estar a tiempo.

La rendición de cuentas no es opción: es deber público.

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