Lo vemos en los torana de la India o en el torii japonés y hasta en el inicio de año, ya que la etimología de “enero” proviene de Jano, dios romano de los comienzos y las puertas.

Acostumbro fotografiar puertas y ventanas desde interiores. Quizá el interés arquitectónico más común sea fotografiarlas desde fuera por el impacto que puedan dar a quien esté por entrar a un edificio, como pasa en las catedrales, en las que el bronce o la robusta madera y el dintel anuncian solo una parte de la majestuosidad que está a punto de descubrirse. Ese mensaje también se da en las puertas de los museos, edificios públicos o en las cantinas, donde una puerta de vaivén es la promesa de unas copas agradables.
El simbolismo de la puerta (el cruce de un lugar profano a uno sagrado, la división entre dos mundos distintos) se puede notar desde que uno llega de invitado a otra casa, entra por primera vez a la escuela o a una iglesia. Traspasar el umbral de lo distinto es una purificación o un reinicio. Lo vemos en los torana de la India o en el torii japonés y hasta en el inicio de año, ya que la etimología de “enero” proviene de Jano, dios romano de los comienzos y las puertas.
Cuando las ciudades estaban amuralladas, la puerta también fue emblema de su defensa o los secretos que guardaba la metrópoli. La Puerta de Istar, de Babilonia; la famosa Puerta Dorada de Kiev o la ya céntrica Puerta de Alcalá, de Madrid, se asumen como invitaciones a pasar. Hay también monumentos a la megalomanía imperial, como el Arco del Triunfo parisino, construido para celebrar a Napoleón más que para que un ejército o el pueblo llano entrara a la capital de Francia.
En cambio, el simbolismo de la ventana es más rebuscado. El crítico de arte español Juan Eduardo Cilot señala que la ventana representa la conciencia, sobre todo cuando se encuentra en la parte alta de una torre. El permitir que entre la luz en un sitio oscuro nos recuerda que un pequeño haz puede alumbrar todo un edificio. Pero también hay ventanas que no están elevadas o, incluso, pueden ser el único acceso al exterior de un sótano.
Vuelvo a la costumbre de fotografiarlas desde dentro. La mayoría de los manuales de arquitectura o diseño nos muestran las puertas y ventanas desde el punto de vista del comprador de un edificio o del que quiere dar ejemplos al arquitecto o al albañil, pero pocas veces se muestran las puertas y ventanas desde la perspectiva del habitante o del visitante que quiere sentirse en casa.
Los famosos cuadros de Salvador Dalí o Caspar David Friedich de mujeres mirando a través de una ventana parecen representar una añoranza por la libertad o por el escape, como si la ventana fuera el pasaje hacia una vida fuera de las paredes.
Pero también, y creo es mi caso, fotografiar puertas y ventanas desde el interior es el ofrecimiento a mirar desde la calma, no necesariamente desde un lugar seguro, pues uno siempre tiene la opción de saltar por la ventana a pesar del vértigo, pero sí observar el exterior con la mirada fija en el aire libre, pero con el cuerpo tranquilo. El umbral se puede cruzar, pero nada es tan urgente como para, desde un interior que cobija, no detenernos a ver las ciudades, bosques o carreteras, que nos esperan. Las fotografías que me gusta ver y tomar deben tener la ventana o puerta abierta. La virtud del caminante no es mover los pies sin pausa, es saber cuándo pararse a mirar el camino. Los relatos de viajeros están llenos de posadas y no son pocos los que, tras detenerse en un Oxxo en carretera, ven el ajetreo de la autopista tras resguardarse detrás del cristal.
Son el fusuma y el shoji de la arquitectura tradicional del Japón un buen ejemplo: puertas corredizas que enclaustran pero también se abren a jardines o salas interiores, papel que deja traspasar la luz pero guarda la intimidad.
Puertas y ventanas cerradas no significan aislamiento por sí mismas, pero también son expresiones de que algo malo está pasando. Ya lo cantó Lucho Gatica y, no podía no decirlo, Yuri, que está detrás de su ventana, pero no puede interrumpir el paso de la mañana.
Termino con una comparación literaria. Uno de los relatos de Poe que más miedo me provoca es El Barril de Amontillado, sobre todo por la descripción del emparedamiento, que es más terrorífica que las representaciones del ser enterrado vivo. En el segundo caso parece que las víctimas son presas de un error; mientras que en el emparedamiento nos atrapa una casa sin salida.
La vivienda, el restaurante, la oficina o la iglesia nos resguardan. Pero hay que dejar que, de vez en cuando, entre el aire.
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